Cómo alimentar la democracia con la razón y la palabra Por César Santomé López. Analista y consultor La humanidad padece de una mala política porque hemos desechado las herramientas básicas de la política. La crítica, el análisis y el discurso impulsan el debate, la negociación y la fortaleza democrática de un Estado. En contraparte, las […]
Cómo alimentar la democracia con la razón y la palabra
Por César Santomé López. Analista y consultor
La humanidad padece de una mala política porque hemos desechado las herramientas básicas de la política. La crítica, el análisis y el discurso impulsan el debate, la negociación y la fortaleza democrática de un Estado. En contraparte, las sociedades contemporáneas han cedido a la reacción fácil y rápida, a la simpleza, a la posverdad y a las consignas. Ya casi nos olvidamos de lo importante que es la comprensión colectiva de la realidad y ello constituye un fenómeno que no es exclusivo de un país en particular, está presente por todo el mundo.
De esta manera la política se ha vuelto el terreno de confrontación emocional y descalificación moral por excelencia. Recuperar las herramientas de la política y de la democracia constituyen un factor vital para que la política vuelva a ser un espacio de deliberación, razonamiento y de decisiones razonadas.
¿Cómo devolver a la imaginaria colectiva la capacidad de comprender la realidad y sus problemas? ¿cómo reconstruir nuestra capacidad de discernir cuál es la mejor manera de diseñar nuestro futuro, analizando, discutiendo, negociando y utilizando de mejor manera los recursos con que contamos?. Parte de la respuesta está en un buen discurso político que cumpla con su función social fundamental, ser una herramienta estratégica de comprensión colectiva.
El discurso es el espacio donde el conocimiento se traduce, donde el análisis adquiere sentido social y donde la crítica se convierte en evaluación pública. Sin discurso, la política no desaparece, pero se fragmenta; se empobrece; deja de actuar para bien de todos y sobre todo, deja de explicarnos cómo y hacia dónde vamos. Aquí algunas propuestas.
La primera propuesta consiste en recuperar el discurso como mediador entre conocimiento experto, política y sociedad. Las sociedades contemporáneas enfrentan desafíos cada vez más complejos: reorganización geopolítica, transición energética, revolución tecnológica, crisis climática o transformación de los sistemas productivos. Estos procesos no pueden ser comprendidos ni gestionados sin análisis riguroso y sin saber especializado. Sin embargo, el conocimiento por sí solo no basta, requiere ser traducido y llevado al espacio público para que el conocimiento sea de todos.
Aquí el discurso cumple una función esencial: hacer inteligible la complejidad. Como han señalado los estudios del análisis del discurso, de autoras como Helena Calsamiglia, Amparo Tusón o Adriana Bolívar, el lenguaje no solo describe la realidad, la organiza, la interpreta y la hace comprensible para los distintos públicos. Sin esta mediación, el conocimiento experto queda aislado y la política se llena de simplificaciones, ocurrencias y dogmas.
La segunda tarea consiste en restituir la función explicativa del discurso político. La política democrática no puede sostenerse únicamente en consignas, emociones o posicionamientos identitarios. Requiere la capacidad de explicar decisiones, justificar técnica y socialmente políticas públicas y hacer comprensible la relación entre problemas, soluciones y consecuencias. Un discurso político responsable no busca únicamente adhesión inmediata; busca comprensión social y colaboración colectiva.
Hannah Arendt recordaba que la política pertenece al ámbito de la palabra y de la pluralidad y cuando la palabra pierde su capacidad de explicar y de persuadir basándose en comprensión colectiva, la política se reduce a una mínima expresión: dogma, polarización y fracasos inevitables. Recuperar el discurso implica, por tanto, devolverle su función de mediación entre actores, intereses y visiones del mundo, así evitamos la simplicidad y alimentamos la razón pública.
Una tercera tarea es reconstruir la conexión entre discurso y realidad. En muchos contextos contemporáneos el discurso político ha dejado de describir la realidad para sustituirla por una posverdad o una simplificada narrativa que fragmenta a modo lo que en realidad sucede. Esto es la ruptura entre lo que se dice, lo que ocurre y lo que se espera. Este fenómeno, puede analizarse a la luz de autores como Jean Baudrillard, esta condición no elimina la realidad, pero la vuelve irreconocible en el espacio público, en la historia e irrecuperable ante la nueva crisis, que siempre llega, sin darnos cuenta, sin pensarlo y sin haberlo querido, ese es el precio del dogmatismo.
Reconstruir el discurso implica volver a vincular palabra y realidad. Esto exige coherencia, consistencia argumentativa y responsabilidad en el uso del lenguaje político. Un discurso que no dialoga con la realidad no solo empobrece la política, la vuelve tarde o temprano, ingobernable.
La cuarta tarea consiste en devolverle al discurso su capacidad de articular proyectos colectivos. La política democrática no puede limitarse a gestionar coyunturas ni a reaccionar ante una sucesión interminable de pequeñas crisis. Requiere construir horizontes con sentido, ordenar prioridades y proponer trayectorias de desarrollo. El discurso político es el instrumento que permite conectar pasado, presente y futuro en una narrativa comprensible para la sociedad. El discurso no es solo comunicación; es estructura, dirección y sentido.
Finalmente, reconstruir el discurso político exige asumir que la calidad de la palabra pública se alimenta de lo que debe y puede ser dicho, por ello recuperar el discurso no es una tarea exclusiva de políticos, involucra a analistas, académicos, medios de comunicación, instituciones y ciudadanos. Es reconstruir el espacio común donde las ideas puedan ser explicadas, discutidas y evaluadas sin miedo a la confrontación ni al poder limitado que ofrece la verdadera democracia.
En un mundo más complejo, más acelerado y más incierto, la política no puede andar sin discurso político de calidad. Sin él, el análisis no se traduce en comprensión, la crítica no se convierte en evaluación y la democracia pierde su capacidad de deliberar.
Recuperar el discurso es, en última instancia, recuperar la posibilidad de pensar juntos. Y sin esa posibilidad, la política deja de ser un ejercicio de construcción colectiva para convertirse en una disputa permanente por imponer intereses particulares y versiones fragmentadas de una realidad que no existe.
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