Propaganda Líquida, Mentira y Confusión Por César Santomé López. Analista y consultor. Los populismos modernos no triunfan por su eficiencia, sino por su capacidad para colonizar la mente colectiva. No gobiernan realidades: gobiernan percepciones. Su poder no radica en transformar para mejorar la economía, la seguridad o las instituciones, sino en transformar el modo en […]
Propaganda Líquida, Mentira y Confusión
Por César Santomé López. Analista y consultor.
Los populismos modernos no triunfan por su eficiencia, sino por su capacidad para colonizar la mente colectiva. No gobiernan realidades: gobiernan percepciones. Su poder no radica en transformar para mejorar la economía, la seguridad o las instituciones, sino en transformar el modo en que una sociedad piensa o más precisamente, en el modo en que una sociedad deja de pensar. Ese es el secreto de su éxito.
Así inicia esta nueva trilogía, dedicada a examinar los tres engranes fundamentales de la maquinaria populista: 1. La propaganda líquida, que disuelve la frontera entre verdad y emoción. 2. La mentira organizada, que fabrica epopeyas falsas para justificar abusos reales. 3. La confusión cognitiva, que anula la distinción entre hechos y opiniones y convierte al ciudadano en súbdito emocional.
Este análisis está dirigido a quienes aún creen que pensar es un acto político. Porque en tiempos de populismo, la resistencia no empieza en las calles: empieza en el pensamiento.
Propaganda líquida: cuando la comunicación populista impone la posverdad. El populismo contemporáneo, igual que los fascismos del siglo XX, no comunica: condiciona. No informa: confunde. No debate: impone. Su esencia es una propaganda líquida que se infiltra en la vida pública y privada, creando una realidad paralela donde la emoción pesa más que el hecho y la fidelidad importa más que la evidencia.
Posverdad y propaganda: dos caras de la misma manipulación. La posverdad definida por el Oxford Dictionary como la subordinación de los hechos a las emociones, no elimina la verdad: la vuelve irrelevante. La propaganda —desde Goebbels hasta los manuales latinoamericanos de agitación política— no busca conversar: busca colonizar la percepción.
El populismo fusiona posverdad y propaganda para fabricar un ecosistema mental donde sentir importa más que entender, y donde la información deja de describir el mundo para convertirse en arma, espectáculo y frontera moral.
El populismo está cómodo en un ambiente emocional total. Todos los populismos crean atmósferas de inmersión:Hitler y Goebbels, llevaron a su sociedad a la saturación simbólica mediante una narrativa épica.Mussolini: utilizó la teatralidad y generó la unidad emocional obligatoria.Franco: prefirió el moralismo autoritario, en donde la superioridad moral exterminó la política.Chávez, Ortega, Castro, Perón: usaron al enemigo eterno y la heroicidad del líder.
El guion sigue vigente: adoctrinamiento diario, transmisión compulsiva, culto al relato, demonización del disidente, espectáculo permanente. No buscan informar, sino crear un sustituto emocional de la realidad que sirva para administrar resentimientos y justificar fracasos, los adversarios siempre tendrán la culpa de todo.
La contradicción moral permanente Los populistas predican una moral que jamás practican:
- Dicen defender la democracia, pero destruyen a sus instituciones.
- Dicen ser austeros, pero mantienen cofradías de privilegiados.
- Dicen ser humanistas, pero desprecian la dignidad de quienes piensan distinto.
La propaganda líquida resuelve la contradicción con un único principio: si el líder lo hace, es moralmente correcto.
El virus de la simplificación majadera. “No es mucha ciencia gobernar.” “Cualquiera puede hacerlo.” “Los expertos estorban, son neoliberales.”Esta retórica no es torpeza ni ignorancia: es un instrumento. Cuanto menos se valore el conocimiento, más fácil es sustituir técnicos por fieles, instituciones por caprichos y racionalidad por obediencia.
Sociedades que no aprenden. Europa tardó décadas en comprender el costo de sus tragedias. América Latina aún no asume que su fragilidad institucional y su dependencia histórica del Estado la convierten en presa fácil de vendedores de milagros y épicas imaginarias. La propaganda populista es una máquina diseñada para una sola cosa: impedir que la ciudadanía piense por sí misma. Y una sociedad que deja de pensar pierde algo más que su libertad: pierde el derecho a imaginar su propio futuro.
Umberto Eco explicó en Construir al enemigo (2011) que “tener enemigos es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para obtener obstáculos contra los cuales medir nuestro sistema de valores.” El populismo lleva esta idea al extremo: convierte al enemigo en su combustible emocional y en la brújula moral que justifica cualquier abuso.
Sin enemigo no hay épica; sin épica no hay adhesión; sin adhesión no hay poder. Esa construcción del adversario se complementa con otra técnica de distorsión que Eco describió en Número Cero (2015): “Las noticias falsas no se inventan para ser creídas, sino para contaminar la realidad.” La mentira, así entendida, no es un error: es un método. Una forma de intoxicar el ecosistema cognitivo hasta volverlo inhóspito para la verdad, la deliberación y el pensamiento crítico.
Entre el enemigo fabricado y la realidad contaminada, el ciudadano queda atrapado en un teatro emocional donde la política deja de ser debate y se vuelve obediencia. Por eso, en tiempos de propaganda líquida, pensar y analizar es el acto de resistencia más radical.
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