Por César Santomé López El fenómeno que vivimos en Latinoamérica con el populismo no es nuevo; es un fenómeno ampliamente estudiado que, a la luz de sendos análisis que datan de hace décadas, deja claro que al ser humano le encanta tropezar dos veces con la misma piedra. No terminamos de aprender de la historia; […]
Por César Santomé López
El fenómeno que vivimos en Latinoamérica con el populismo no es nuevo; es un fenómeno ampliamente estudiado que, a la luz de sendos análisis que datan de hace décadas, deja claro que al ser humano le encanta tropezar dos veces con la misma piedra. No terminamos de aprender de la historia; con lo cual le damos un punto al populismo, que se fortalece de uno de los vicios sociales más recurrentes: la combinación entre ignorancia, apatía y resentimiento. De esta forma, el populismo tiene el campo libre para hacerse de todo lo que le plazca, así sea de todo un aparato de Estado.
El populismo no destruye al Estado con un solo golpe visible; lo vacía desde dentro, sustituyendo la competencia por obediencia. La ignorancia se convierte en principio de designación; la lealtad, en métrica de pureza. El aparato público deja de administrar para simular: administración sin método, políticas sin evidencia, presupuestos sin dirección; bajo esa lógica se extienden patentes para llevar a cabo las acciones más bizarras jamás vistas.
Entonces el aparato público pasa de administrar a simular. La política deja de utilizar pensamiento complejo para volverse imitación y espectáculo: se trata de “la falsificación de la realidad”, en la cual las teatralidades y ocurrencias populistas ocupan el lugar de la objetividad y la ciencia; la gestión cede ante la simulación y la verdad cede ante las mentiras propagandísticas.
Max Weber, en Economía y sociedad (1922), decía: “Cuanto más se racionaliza la administración, tanto más se convierte en una máquina precisa, en la cual cada tornillo debe cumplir una función definida”. Bien: el populismo afloja esos tornillos. Desmantela las oficinas donde residía la memoria técnica, coloniza los organismos que controlaban el gasto y pone en su lugar a fieles sin formación.
El resultado es un Estado incapaz de pensar, donde la incompetencia no es error sino mandato y crédito al más leal. René Girard diría que, cuando todos desean lo mismo (poder y control), desaparece el objeto de lucha que era el poder y el Estado para servir, y queda la brutal rivalidad mimética: purga, propaganda y persecución incluso entre personajes del mismo bando, que, ante la ausencia de oposición, no les queda otra que pelear entre sí por ese cachito de poder y presupuesto, pero no para servir al pueblo, sino para servirse de ello a sí mismos.
La revancha del imitador se traduce hoy en desprecio por la técnica. Gobernar “como el pueblo” significa hacerlo sin saber. La venganza contra las élites se convierte en una purga contra el conocimiento.
De esta forma, la ignorancia toma por asalto nuestras vidas y es festejada desde lo más alto de las esferas políticas. Es cuando la educación y el saber se convierten en el enemigo. Si el antídoto del populismo es la educación, su primer objetivo sotto voce será desmantelarla. No solo el crimen se organiza; también se organiza la ignorancia.
Los resultados de la ignorancia organizada afectan a muchos países del mundo, que pasan amargamente por resultados que los invito a revisar en las pruebas OCDE PISA 2022, publicadas en diciembre de 2023, así como en otros índices internacionales de innovación y competitividad de la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) [https://www.wipo.int/es/web/global-innovation-index], o el Índice Internacional del Crimen Organizado [https://ocindex.net/report/2025/], para advertir lo que nos cuesta la ignorancia populista.
Ideologizar todo deteriora la exigente realidad que significa gobernar países complejos y resume una estrategia populista de mantener a la ciudadanía en la superficie más frívola e irresponsable, todo es meme, todo es burla y pleito de vecindad. Es necesario despertar de ese letargo: un país que renuncia a formar y utilizar pensamiento crítico termina gobernado por quienes jamás aprendieron a dudar.
El guion de la ignorancia organizada para el asalto institucional: purgar (se eliminan técnicos y cuadros profesionales); paralizar (se frenan mecanismos de evaluación, análisis y planes basados en el conocimiento); politizar (los presupuestos se redistribuyen a clientelas y propaganda); someter (se subordinan o eliminan contrapesos, medios de comunicación, mecanismos de transparencia, estadísticas, regulaciones y crítica); blindar (se instala la narrativa en la imaginaria social como símbolo de pureza y lealtad moral como dogma).
El costo de la ignorancia. El rezago educativo no es un indicador abstracto: anticipa la decadencia de todo un país. Sin educación y esfuerzo no hay innovación ni productividad; sin criterios técnicos, la administración pública se convierte en ocurrencia. Sin pensamiento crítico, la democracia se reduce al aplauso.
El verdadero golpe de Estado no se da con tanques, sino con nombramientos. Un país puede ser austero, modesto o gradualista, pero no puede ser torpe. La cultura del esfuerzo sucumbe ante los regalos populistas; desaparecen los incentivos a estudiar y superarse y ello no es un privilegio, es seguridad nacional del futuro. Cada funcionario o político que cumple con un nivel de preparación, cultura y experiencia sabe lo que hace y refuerza al Estado. Cada ignorante leal que ocupa un lugar de servicio en el Estado lo destruye cada día más.
La pregunta es: ¿hasta cuándo soportará el país?
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