1 de 4 partes. Por César Santomé López. Analista y consultor Hemos dejado nuestra discusión sobre el futuro en un punto particularmente delicado: ¿Quién producirá el conocimiento que ayude a resolver los problemas del futuro? Y más importante aún: ¿qué conocimiento será considerado legítimo? Las preguntas no son menores. El mundo atraviesa una transformación profunda […]
1 de 4 partes.
Por César Santomé López. Analista y consultor
Hemos dejado nuestra discusión sobre el futuro en un punto particularmente delicado: ¿Quién producirá el conocimiento que ayude a resolver los problemas del futuro? Y más importante aún: ¿qué conocimiento será considerado legítimo?
Las preguntas no son menores. El mundo atraviesa una transformación profunda en la manera en que se crea, divulga, difunde y valida el conocimiento científico. Y en medio de esta transición, también se está modificando la relación entre ciencia, política, tecnología y sociedad.
Durante buena parte de la modernidad, la ciencia ocupó un lugar privilegiado dentro de la organización social. Las universidades, laboratorios y centros de investigación eran el símbolo reconocido de producción de conocimiento, verdad y legitimidad del saber experto. La sociedad podía desconfiar de ciertas decisiones políticas, pero todavía conservaba una idea razonablemente confiable sobre la autoridad científica.
Hoy esa estructura se encuentra fracturada. El conocimiento científico ha dejado de ser exclusivo de universidades o instituciones públicas de investigación. Gran parte de la innovación científica y tecnológica contemporánea se desarrolla ahora en corporaciones privadas, plataformas digitales, laboratorios empresariales, complejos militares, fondos de inversión tecnológica o think tanks globales. Las grandes capacidades científicas ya no pertenecen únicamente a los Estados ni a las instituciones académicas tradicionales.
La inteligencia artificial, la biotecnología, la manipulación algorítmica de datos, la automatización cognitiva y las nuevas plataformas digitales son desarrolladas y utilizadas, en muchos casos, por estructuras privadas cuya capacidad tecnológica supera incluso la de numerosos gobiernos.
Daniel Innerarity ha señalado que las democracias contemporáneas enfrentan una creciente dificultad para gobernar sistemas de alta complejidad tecnológica. La política tradicional opera cada vez con menos capacidad para comprender procesos científicos que evolucionan a velocidades mucho mayores que las instituciones públicas.
Pero el problema no termina ahí. También cambió la forma en que la ciencia se divulga y adquiere legitimidad social. La producción de conocimiento ya no circula únicamente mediante revistas arbitradas, congresos especializados o mecanismos tradicionales de validación científica. Hoy la divulgación ocurre en redes sociales, plataformas digitales, canales de opinión inmediata y espacios donde el criterio técnico suele mezclarse con propaganda, emociones, activismo político o intereses económicos.
Jean Baudrillard advirtió desde hace décadas que las sociedades contemporáneas entrarían en una etapa donde la simulación terminaría desplazando a la realidad misma. Algo similar ocurre hoy con el conocimiento: la apariencia de verdad frecuentemente vale más que la evidencia verificable. El impacto emocional suele imponerse sobre el análisis riguroso. La consecuencia es particularmente peligrosa: la legitimidad del conocimiento científico comienza a deteriorarse mientras crece la legitimidad de la improvisación.
La llamada “democratización del conocimiento” muchas veces funciona como una consigna vacía utilizada para debilitar el valor del saber experto. Democratizar el acceso a la ciencia y a su información no significa eliminar las diferencias entre conocimiento especializado y simple opinión coyuntural. Sino precisamente lo contrario, es reconocer esas diferencias y conciliar el acceso a la verdad y a la razón científica. Sin embargo, buena parte del clima político contemporáneo ha comenzado a equiparar ambas categorías.
En nombre de una supuesta horizontalidad absoluta, especialistas, científicos y expertos son frecuentemente desacreditados mientras proliferan figuras públicas cuya legitimidad proviene más de la visibilidad digital y la viralidad mediática que de capacidades reales de análisis o comprensión técnica.
Hannah Arendt comprendió que uno de los grandes riesgos de las sociedades de masas consistía en destruir las estructuras que permiten distinguir entre hechos, opiniones y propaganda. Cuando las sociedades pierden esa capacidad, la deliberación pública se degrada y la política termina subordinada a emociones colectivas, identidades instantáneas o narrativas simplificadoras.
El problema adquiere una dimensión todavía más compleja cuando se observa el deterioro educativo y cultural de muchas sociedades contemporáneas. Mientras más se debilitan las capacidades sociales para comprender problemas complejos, más fácil resulta sustituir conocimiento por consigna, análisis por reacción y ciencia por espectáculo.
Y, sin embargo, las sociedades actuales enfrentan desafíos que demandan exactamente lo contrario: mayor conocimiento científico, mayor capacidad técnica y mejores sistemas de pensamiento crítico.
La transición energética, la inteligencia artificial, la automatización industrial, la digitalización económica, la crisis climática, la seguridad alimentaria, la biotecnología o las disputas geopolíticas por la supremacía tecnológica exigen sociedades capaces de comprender niveles crecientes de complejidad. El problema es que estamos entrando a esa etapa histórica con menos puentes y capacidades entre ciencia y sociedad.
La ciencia muchas veces se alejó de las preocupaciones sociales reales; pero al mismo tiempo, buena parte de la política contemporánea decidió abandonar deliberadamente el conocimiento experto para sustituirlo por simplificaciones emocionales, polarización permanente y narrativas populistas de corto plazo. El resultado es preocupante: cada vez existen menos expertos con influencia pública y más improvisados tomando decisiones sobre asuntos que requieren capacidades técnicas, prospectiva y comprensión científica.
No se trata de convertir a la ciencia en una verdad absoluta ni incontestable. La propia historia científica demuestra que el conocimiento evoluciona, se corrige y se transforma constantemente. Pero tampoco puede aceptarse una sociedad donde todas las opiniones pretendan tener el mismo valor, independientemente de su sustento técnico o evidencia verificable.
La gran discusión del futuro a lo mejor no será solamente tecnológica, sino cultural y política: ¿cómo reconstruir la relación entre conocimiento, legitimidad y sociedad? Esa reconexión exigirá recuperar algo que hemos perdido o que le han arrebatado a la sociedad: la capacidad de pensar críticamente, distinguir entre información y conocimiento, entre divulgación y propaganda, entre análisis y consigna.
Tal vez el desafío del futuro no sea únicamente producir más ciencia y tecnología, sino reconstruir las capacidades culturales, educativas y políticas que permitan comprenderlas, gobernarlas y evitar que terminen subordinadas únicamente al poder, al mercado o a la manipulación.
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