La pesadilla gentrificada, lo woke cortina de humo de la superioridad moral simbólica Por César Santomé. Analista y consultor. Nacida como gesto legítimo de conciencia y justicia social, la cultura woke ha sido secuestrada por élites culturales resentidas, gobiernos populistas y hordas digitales, degradándose en un mecanismo de distracción y castigo, diluyendo la frontera entre […]
La pesadilla gentrificada, lo woke cortina de humo de la superioridad moral simbólica
Por César Santomé. Analista y consultor.
Nacida como gesto legítimo de conciencia y justicia social, la cultura woke ha sido secuestrada por élites culturales resentidas, gobiernos populistas y hordas digitales, degradándose en un mecanismo de distracción y castigo, diluyendo la frontera entre la denuncia legítima y la vigilancia política y moral. Sucede en todas las grandes ciudades.
Todos participamos en este fenómeno: lo políticamente correcto se ha convertido en una farsa pública que desvía la atención de los problemas estructurales y reales —la vulnerabilidad social en salud, educación, crisis de infraestructura, deterioro institucional, corrupción, incapacidad de gobernar, polarización, crimen organizado, deuda pública— o cualquier otro problema según cada país, ciudad, gobierno o personaje.
Al amparo de discursos y acciones de inclusión simbólica y de falsas “agendas sociales o económicas”, avanza el saqueo institucional, el debilitamiento de la política, la ignorancia, la ineficiencia y la captura del poder llevado a la esterilidad. Vivimos ahora frente a la “Mafia del No Poder”.
Lo woke es la neurosis de la era digital: políticos y redes sociales manipulan la oclocracia digital para imponer un poder destructor disfrazado de justicia. Entre oleadas de juicios morales, periodistas, personajes públicos y ciudadanos comunes son arrastrados a linchamientos digitales por una denuncia, una crítica o una frase publicitaria. Son víctimas de una venganza simbólica que no ofrece reparación alguna, pero que destruye libertades de expresión y erosiona lo que queda de la democracia, sin justicia ni mejora colectiva.
Vemos cómo la manipulación de la turbamulta digital ha sustituido al pensamiento crítico. El fenómeno opera en todos los sentidos: el oportunista código del progresismo digital obstaculiza la objetividad y la justicia real, dejando sin valor cualquier argumento o razonamiento.
En el mundo gobiernan políticos con respaldo electoral destructivo. Los populismos han aprendido a usar lo woke para gobernar sin rendir cuentas. Aunque se proclaman gobiernos para todos, solo se respaldan a sí mismos y a un electorado engañado, enajenado, entusiasmado con la oportunidad de venganza y a veces, minoritario pero dominante, frente a ellos está una mayoría apática, alejada de la política y de las elecciones: una tormenta perfecta.
Así se encubren vocaciones autoritarias y fascistas de algunos gobiernos. Las sociedades se dejan arrastrar por la mirada torpe del populista y por ese entusiasmo de promover la división social, el racismo y el ataque a enemigos imaginarios.
En nombre de la seguridad, se ejecuta la exclusión; en nombre de la justicia simbólica, se fomenta el abuso de poder y se evade la justicia real.
Lo woke mal entendido no libera a nadie, no hace justicia: distrae, fomenta indignación superficial, odio moralizado y tolerancia a gobiernos que simulan mientras destruyen. El lenguaje de la justicia se vacía y la política se convierte en un vodevil. Es la “Basurificación de la Política”.
Vivimos en ciudades imitativas que reproducen el simulacro de la política global: discursos progresistas, estéticas incluyentes para la foto, falsas narrativas, verdades a medias y símbolos de justicia económica se repiten sin consecuencias reales. Como dice Jean Baudrillard, el simulacro ocurre cuando la política deja de referir a lo real: se trata de una “copia sin original”, luchas en realidades inexistentes y sin beneficios concretos para la sociedad.
En nuestras ciudades no se produce redistribución real del ingreso, ni hay democratización del espacio, ni justicia, ni seguridad. Lo que sí se generan son murales de colores, proyectos escenificados, discursos y eventos bonitos que “conectan” con la gente, pero sin cambios estructurales. Estamos fabricando una ilusión política donde la apariencia sustituye a la sustancia, y entonces la ciudad se convierte en un teatro de causas progresistas, pero con todos los problemas a cuestas.
Recordando a René Girard, la política se convierte en imitación sin conciencia y, de ahí, a la indiferencia colectiva solo hay un paso. En la política urbana del populismo mundial se replica lo que parece funcionar en otras ciudades y en otras épocas: lenguaje elocuente, engañoso, urbanismo feminista, humanismo comunitario, escenificaciones políticas que carecen de conciencia crítica y que no responden a las necesidades reales del territorio.
Así, poco a poco sucede la destrucción del tejido urbano: entre el espectáculo y la parodia, en lugar de resolver los problemas de fondo se invierte en producir símbolos que se anclan en la imaginación social. Esta inversión simbólica reemplaza la acción estructural. Con grandilocuencia se crean espacios bajo el manto de la memoria histórica, pero sin justicia territorial presente. Las ciudades son convertidas en comedias de sí mismas, donde los barrios se transforman en vitrinas ideológicas vacías.
Lo woke se ha transformado en un dispositivo de control simbólico y, así, el pueblo —atrapado entre el deseo de reconocimiento, la indiferencia, la necesidad, la ignorancia y la limosna que no genera capacidad económica real— termina por aceptar una ciudad que ya no lo representa ni se transforma. Una ciudad agotada, que imita, simula y se degrada a sí misma: la pesadilla gentrificada.
Los comentarios están cerrados