Por César Santomé López. Analista y consultor. En la antigua Roma, la ciudad concebida como un espacio de derechos, libertades y deliberación, el civis (el ciudadano) no era un simple habitante, sino un sujeto político activo dentro de la civitas (la ciudad). En contraste con el peregrinus (extranjero) y el servus (esclavo), el civis gozaba […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
En la antigua Roma, la ciudad concebida como un espacio de derechos, libertades y deliberación, el civis (el ciudadano) no era un simple habitante, sino un sujeto político activo dentro de la civitas (la ciudad). En contraste con el peregrinus (extranjero) y el servus (esclavo), el civis gozaba de privilegios: voto, matrimonio legítimo, cargos públicos y apelación frente al poder. La Lex Valeria (509 a.C.) y la célebre frase Civis Romanus sum eran más que formalidades: eran escudos frente a la arbitrariedad.
Sin una comunidad de derechos e intereses compartidos, los hombres son apenas una multitud, decía Cicerón. Así, con la idea de “res publica” —lo común, lo de todos— el concepto de ciudad se convirtió en el núcleo de la política occidental.
Milenios después hemos olvidado ese legado. El populismo ha descubierto que gobernar es más rentable como espectáculo y simulación que como gestión real. Los actos populistas que aparentan identidad e inclusión apenas disfrazan la realidad de muchos gobiernos: economías bajo amenaza, tiranía, ciudades que se caen a pedazos, sociedades sometidas por minorías, poderes autónomos y democráticos anulados, pobreza y corrupción que no desaparecen.
Gobernar no exige credenciales académicas como doctorados, pero sí formación, oficio y cultura cívica. No es casual que las urbes mejor administradas del mundo estén -o hayan estado- encabezadas por líderes con sólida preparación y experiencia en gestión compleja:
- Anne Hidalgo, alcaldesa de París, formada en la École Nationale d’Administration y en la London School of Economics, ha impulsado políticas de movilidad sustentable reconocidas globalmente.
- Michael Bloomberg, alcalde de Nueva York entre 2002 y 2013, con MBA en Harvard, convirtió los datos abiertos en columna vertebral de la gestión. El canal 311 y el Preliminary Mayor’s Management Report publican en tiempo real, el estado de la reparación de los baches reportados: 2.09 días en 2025.
- Ana Botella, alcaldesa de Madrid entre 2011 a 2015, lanzó la plataforma MiNT, en colaboración con IBM y es la base de Madrid Inteligente. Centraliza más de cinco millones de activos urbanos y convierte cada reporte ciudadano en órdenes de trabajo con trazabilidad pública.
- Sam Liccardo, alcalde de San José, California hasta 2023, lanzó la Smart City Vision que colocó a su ciudad como referente en transformación digital en Estados Unidos.
- María Eugenia Campos Galván, exalcaldesa y hoy gobernadora de Chihuahua, abogada formada en el Tec de Monterrey y Georgetown, promovió la transparencia digital, la gobernanza “triple hélice” (gobierno, academia e industria) y plataformas tecnológicas de seguridad como el Living Lab).
Estos ejemplos muestran que gobernar exige información, ciencia y evaluación constante. En la mayoría de las ciudades europeas y estadounidenses basta con cumplir requisitos básicos para ser alcalde: ciudadanía, edad mínima y voto popular. Sin embargo, la cultura política y el escrutinio social obligan a que los candidatos exhiban trayectorias verificables. El populismo, en cambio, exige carisma, lealtad ciega y capacidad de movilizar clientelas.
El filósofo español Daniel Innerarity ha planteado que la política contemporánea debe orientarse a construir “sociedades del conocimiento”, donde la toma de decisiones se base en ciencia, datos y deliberación informada. Los populismos, en cambio, edifican “sociedades de la narrativa”: escenografías donde lo simbólico sustituye a lo material y el espectáculo desplaza al buen gobierno.
En una sociedad bien gobernada, la política es invisible hasta que falla algo. En una sociedad mal gobernada, la política es omnipresente como circo mediático, pero invisible donde realmente se necesita. El ciudadano deja de ser civis y se convierte en turbamulta manipulada por símbolos y ceremonias que alejan a los malos espíritus e invocan la fuerza ancestral de la comuna.
La lección es sencilla: gobernar no es narrar, es gestionar. Las capitales modernas lo han entendido: su fortaleza está en gobernar con ciencia, no con falsas conciencias. A las democracias occidentales en crisis les urge recuperar el espíritu de la civitas como espacio universal de derechos, obligaciones, libertades y gobierno.
Y mientras toleremos la simulación populista, seremos cómplices de la peor pandemia política: la simpleza que convierte a los pueblos en servus —siervos y esclavos— y a los políticos en modernos Calígulas, más interesados en su teatro que en el bienestar del ciudadano.
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