LA CENSURA COMO CONFESIÓN DE MIEDO

Zona Analítica, por César Santomé López. Analista y consultor

Para entender al adversario en una lucha política, para entender mejor a una sociedad o para entender al poder, a veces resulta más útil examinar sus temores que aquello que desean. Los miedos del otro dicen mucho de quienes los padecen y los miedos de un régimen pueden decir más de su fragilidad que su narrativa enajenante. Por eso propongo una categoría de análisis que vale la pena observar: la censura como confesión de miedo.

Ya habíamos dicho en la entrega anterior que comprender al adversario no significa darle la razón. Agreguemos algo más: quien teme al adversario y a sus propias debilidades suele comenzar por minimizarlos y simplificarlos; quien teme a la crítica, comienza por desacreditarla; y quien teme perder el control de la narrativa porque la realidad se impone, termina tentado a regular, intimidar, silenciar, censurar y prohibir todo aquello que no puede enfrentar e ignora las preguntas que no puede responder.

La coyuntura mexicana se inserta en una tendencia internacional más amplia y esto vuelve pertinente este análisis que deberíamos discutir y así aprender juntos. En el Congreso se analizan reformas en materia de derecho de autor y de propiedad intelectual e industrial que han sido agrupadas en el debate público bajo la etiqueta de “ley antimeme”. Conviene ser precisos: las iniciativas no crean literalmente un delito llamado “hacer memes” ni equivalen por sí mismas a una prohibición general de la sátira. Pero su formulación y sus posibles alcances han generado una discusión que abre una pregunta democrática legítima sobre los límites de la protección jurídica cuando la redacción de una ley puede alcanzar o limitar contenidos de crítica, parodia o intervención digital. El problema no está sólo en lo que una ley dice querer proteger, sino en los márgenes de discrecionalidad que puede permitir a manos de un régimen en particular.

La censura contemporánea tampoco necesita presentarse con el rostro clásico de la prohibición. Puede comenzar con una amenaza jurídica, una norma ambigua, hostigamiento administrativo, desacreditación pública, presión económica, retiro de contenidos, vigilancia o autocensura inducida. Su eficacia aumenta cuando ya no es necesario prohibir explícitamente: basta con que periodistas, caricaturistas, analistas, medios o creadores de contenido no sepan con certeza hasta dónde pueden llegar sin exponerse a una sanción, una demanda o una decisión de autoridades cuya independencia pueda estar sometida a cuestionamiento.

En ese sentido, la censura puede convertirse en una confesión involuntaria o forzada como ya ha sucedido. El poder que ha refrendado su legitimidad discute, analiza, responde, soporta el análisis, la crítica y la sátira. El poder que percibe debilitada su legitimidad o teme que sus contradicciones queden expuestas intenta limitar, minimizar, gestionar o atacar aquello que puede decirse o criticarse sobre él. No porque toda regulación sea censura ni porque todo límite jurídico sea autoritario, sino porque existe una frontera democrática que se cruza cuando proteger un derecho se convierte en pretexto para debilitar el escrutinio público.

Hannah Arendt advirtió en “Truth and Politics” que “la libertad de opinión es una farsa si no se garantiza la información factual”. La frase importa porque la discusión democrática requiere una realidad compartida que pueda ser examinada, criticada y contrastada.

Cuando el gobierno pretende convertirse al mismo tiempo en productor de la narrativa, intérprete de los hechos, de la historia, de sus propios resultados y árbitro de lo que puede decirse o no sobre ellos, la pluralidad comienza a reducirse, nuevos modos de propaganda ganan espacio y la democracia comienza a degradarse. En el horizonte se asoman entonces el negacionismo y el autoritarismo.

George Orwell lo formuló desde la literatura en Nineteen Eighty-Four (1949) con una sencillez brutal: ‘La libertad es la libertad de decir que dos y dos son cuatro. La censura no comienza necesariamente con la prohibición de una frase, una imagen o una opinión. Muchas veces comienza antes, cuando el costo de expresarlas se vuelve suficientemente alto para que muchos prefieran callar. Sucede en la sociedad con varios disfraces desde acoso laboral o gremial, hasta represión selectiva en todas sus modalidades.

La historia ofrece demasiados ejemplos de esta clase de desplazamientos políticos y sociales. Los regímenes autoritarios del siglo XX no se limitaron a perseguir adversarios; buscaron controlar el lenguaje, la prensa, la educación, los símbolos y la memoria histórica de los países. Y no me refiero a una comparación mecánica respecto de México, solo llamo la atención porque esas experiencias explican por qué las democracias construyeron defensas tan exigentes para la libertad de expresión y para la crítica al poder.

Y de aquí vamos a un problema detrás de la censura y que hemos venido señalando: la desprofesionalización del Estado. Cuando la lealtad política sustituye conocimientos, experiencia, cultura y lógicas de servicio público e inclusión, no pocos funcionarios y hasta ejecutivos terminan confundiendo la institución que administran con una propiedad del grupo que los ordena y gobierna.

Entonces un contrapeso o una opinión distinta parecen sabotaje, la crítica parece agresión y la discrepancia comienza a tratarse como deslealtad. La manifiesta incompetencia en el poder resulta cara no sólo porque produce malas decisiones, sino porque puede destruir instituciones que tardaron décadas en construirse.

Por eso el problema de la censura y la discriminación rebasa cualquier gobierno, organización y cualquier elección. Las libertades de opinión, de expresión o del ejercicio profesional no deben depender discrecionalmente de quien gobierna.

El miedo ciudadano puede nacer de la inseguridad, de la pérdida de bienestar, de la incertidumbre o de la falta de libertades. El miedo del poder suele tener otras formas: perder el control de la narrativa, perder legitimidad, perder la capacidad de imponer su explicación por encima de la realidad. Y cuando ese miedo aumenta, aparece la tentación de sustituir la persuasión por la imposición del discurso y de información, sin contraste.

Tal vez por eso la pregunta más interesante frente a cualquier intento de restringir la crítica no sea solamente qué pretende prohibir, sino quién y qué teme que la sociedad pueda llegar a ver y entender. La censura comienza a ser peligrosa cuando ya no busca proteger a la sociedad del abuso, sino proteger al poder del pensamiento, del análisis y de la sociedad.

Si permitimos otra vez que un régimen nos lleve pasos atrás en la historia y sustituya la explicación de lo que sucede por una narrativa ajena a los hechos, seguiremos buscando una novedad en un cuento que ya habíamos leído.

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