Por Laura Aline Pérez Robles. Consultora y terapeuta Seguramente has sentido alguna vez esa necesidad urgente de comer, aun cuando tu estómago ya estaba satisfecho. A esa ansiedad que aparece frente al refrigerador por la noche o ese antojo de algo dulce justo después de un día difícil se le denomina, hambre emocional y más […]
Por Laura Aline Pérez Robles. Consultora y terapeuta
Seguramente has sentido alguna vez esa necesidad urgente de comer, aun cuando tu estómago ya estaba satisfecho. A esa ansiedad que aparece frente al refrigerador por la noche o ese antojo de algo dulce justo después de un día difícil se le denomina, hambre emocional y más allá de ser un simple “antojo” se trata de un reflejo profundo de nuestro mundo interior.
El hambre física nace en el cuerpo. Cuando faltan nutrientes, el organismo envía señales claras como vacío estomacal, cansancio o incluso mareo. El hambre emocional en cambio, no viene del estómago, sino de las emociones. Es un intento de tapar carencias afectivas, calmar heridas invisibles o sentir protección frente a un vacío interno.
Hoy quiero compartirte tres miradas de autores que han explorado este tema y que nos ayudan a comprenderlo desde una perspectiva mucho más amplia y compasiva.
Ryke Geerd Hamer: un programa biológico de supervivencia.
Desde la Nueva Medicina Germánica, el doctor Ryke Geerd Hamer planteó que toda enfermedad y síntoma responde a un programa biológico especial y sensato. Según él, el hambre compulsiva puede activarse tras un shock emocional: una pérdida, un abandono o un evento inesperado que el cerebro traduce como “falta de alimento”, aunque lo que falte en realidad sea afecto, seguridad o compañía.
Ejemplo: imagina a una persona que de niña vivió la separación inesperada de su madre.
Su cerebro registró esa ausencia como un peligro vital, como si hubiese faltado “el alimento” que asegura la vida. Años después, cuando enfrenta situaciones de soledad o pérdida, su cuerpo enciende el programa de “almacenar y buscar comida” para sobrevivir. Así, el refrigerador se convierte en sustituto de ese abrazo que faltó. Comer en exceso, entonces, no sería una falla de voluntad, sino un mecanismo de supervivencia que busca asegurar la vida en medio de la carencia percibida. Bajo esta mirada, la comida se vuelve un lenguaje biológico para expresar lo que no supimos poner en palabras.
Lise Bourbeau: el cuerpo refleja las heridas del alma.
En su libro Las 5 heridas que impiden ser uno mismo, Lise Bourbeau explica que el sobrepeso y el hambre emocional están profundamente ligados a las heridas de rechazo, abandono, humillación, traición o injusticia. Si una persona sufrió abandono puede usar la comida como un refugio, como una forma de “rellenar” el vacío de cariño que experimentó. Quien carga con la herida de injusticia puede comer compulsivamente como protesta silenciosa, buscando equilibrar internamente lo que la vida le ha negado.
Ejemplo: una mujer que sintió de niña que no era tratada de forma justa en comparación con sus hermanos, desarrolla una relación de lucha con la comida. Cada exceso es una manera inconsciente de decir: “yo también merezco, yo también tomo lo que me corresponde”. El peso, entonces, se convierte en un testimonio silencioso de esa herida. El mensaje de Bourbeau es claro: el cuerpo no miente. El exceso de comida no solo es un hábito, sino un intento inconsciente de sanar las emociones que aún duelen.
Stephan Hausner: comer para sostener vínculos familiares.
El terapeuta Stephan Hausner en su libro, Aunque me cueste la vida, nos muestra cómo detrás de muchos síntomas —incluido el hambre emocional— se encuentran las lealtades invisibles familiares. A veces comemos en exceso porque en nuestro sistema familiar alguien pasó hambre, porque hubo carencias económicas o porque un ancestro sufrió pérdidas que nunca pudieron ser elaboradas. Así, sin darnos cuenta, cargamos en nuestro cuerpo la memoria de ese dolor, como si el sobrepeso fuera una manera de pertenecer o de compensar.
Ejemplo: un hombre cuya abuela vivió la guerra y muchas veces se acostó sin comer, puede sentir una compulsión inexplicable por llenar su plato siempre, aun cuando no tiene hambre. Su cuerpo busca honrar inconscientemente la memoria de esa abuela, cargando un peso que no le corresponde, pero que lo conecta con ella. Hausner nos recuerda que, aunque estas dinámicas nos “aten” de formas muy sutiles, también podemos liberarnos al hacerlas conscientes. El hambre emocional, visto desde aquí, es un llamado a reconciliarnos con nuestro clan y ocupar nuestro lugar con amor, sin tener que cargar el dolor de los que vinieron antes.
Mirar más allá del plato. El hambre emocional no es algo que tú puedas controlar de manera consciente como muchas personas creen. Sin embargo, ponerle atención con compasión es el primer paso hacia una vida en equilibrio. Y algo muy importante: no siempre podemos hacerlo solas. Estos procesos suelen requerir acompañamiento terapéutico, porque detrás del sobrepeso y de la ansiedad por comer hay heridas que necesitan ser vistas y tratadas a profundidad. Buscar apoyo no es señal de debilidad, sino un acto de amor propio y valentía.
Querida lectora, si te reconociste en estas líneas, recuerda que tu relación con la comida es también un espejo de tu relación contigo misma. Escuchar con amor lo que tu cuerpo te quiere decir puede ser el inicio de una transformación profunda hacia la salud y el bienestar.
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