Fabricar culpas, crear héroes y destruir hechos Por César Santomé Analista y consultor. La democracia contemporánea enfrenta una mutación silenciosa: vamos de la política, entendida como negociación racional entre diferentes actores, hacia un sistema de creencias que opera como estructura moralizante de exterminio político. En ese terreno surge el líder sediento de poder, de sentido […]
Fabricar culpas, crear héroes y destruir hechos
Por César Santomé Analista y consultor.
La democracia contemporánea enfrenta una mutación silenciosa: vamos de la política, entendida como negociación racional entre diferentes actores, hacia un sistema de creencias que opera como estructura moralizante de exterminio político.
En ese terreno surge el líder sediento de poder, de sentido histórico y lleno de resentimiento social y político. En la escena populista está sostenido por la mentira organizada y por una pedagogía cultural que entrena a la sociedad a repetir lo que no comprende.
Hannah Arendt, una de las filósofas políticas más influyentes del siglo XX, entendió cómo se destruye una democracia desde adentro, no solo por la fuerza, sino por la erosión del pensamiento, del juicio y de la esfera pública. Sus aportes estructurales permiten identificar los mecanismos que llevan a sociedades enteras a ceder libertad sin darse cuenta.
La mentira organizada. Para Arendt, la mentira populista no oculta un hecho: crea un mundo paralelo y obliga a todos a vivir en él. En Los orígenes del totalitarismo muestra cómo los regímenes basados en propaganda construyen una realidad alterna tan absorbente que la verdad deja de ser necesaria. Esto abre el campo a la posverdad, a la mentira y a la pedagogía del simulacro; hace a la sociedad torpe y le enseña a repetir lo falso.
Y cuando la mentira organizada sustituye al juicio, la política comienza a desaparecer. Siguiendo a Arendt, el populismo destruye el juicio de dos maneras: satura de información hasta volverla irrelevante e impone categorías morales absolutas que eliminan la deliberación.
La banalidad del mal. Esta lógica que establece el populismo explica por qué el mal es una banalidad; por eso la sociedad permite a los populistas todos los excesos. Este es el análisis: Arendt observó en Eichmann —el burócrata nazi que organizaba la logística del exterminio— algo que hoy encaja monstruosamente con el populismo. Eichmann no era un monstruo ideológico: era un hombre incapaz de pensar. De esta forma, la banalidad del mal no es malicia extrema: es incapacidad extrema de pensamiento. Eso mismo le está pasando a nuestra sociedad.
La soledad y la masa. Arendt afirmó que los populismos totalitarios no crecen donde hay comunidad, sino donde hay soledad; donde los seres humanos se ven aislados, sin vínculos sociales fuertes, buscando pertenencia. Situación que, en buena medida, creó el neoliberalismo en su etapa más soberbia: nunca tuvo intención de generar identidad social. Y si ese neoliberalismo, además, era bastante frívolo y excluyente —como sucedió en México— las consecuencias ya las estamos viviendo hoy.
De esta forma, la narrativa del mesías promete inclusión, protección total, cueste lo que cueste: “primero el Pueblo”. Esto conecta directamente con algo llamado obediencia emocional, que se sostiene con el resentimiento acumulado. La masa no es un colectivo armonioso: es un conjunto de individuos solitarios sincronizados por un relato e incapaces de pensar.
El mal como ausencia de pensamiento. Arendt insistió en que pensar es un acto moral. Pensar nos obliga a detenernos, a cuestionar, a examinar consecuencias. No pensar permite obedecer y actuar sin culpa. No pocos intelectuales excluidos del neoliberalismo ahora están domesticados y plegados al relato populista: justifican lo injustificable, mientras la sociedad repite sin comprender y los políticos populistas toman decisiones sin responsabilidad.
El líder como encarnación del pueblo, la otra mentira. Para Arendt, el totalitarismo no representa a la sociedad: la sustituye. El mesías no es portavoz: es encarnación del pueblo, lo cual destruye el pluralismo, porque toda diferencia se convierte en traición.
Si ahora revisamos la situación, tenemos, además —de acuerdo con René Girard— al mesías como depósito del deseo y de la cohesión colectiva; tenemos la homogeneización forzada de la sociedad y la eliminación del espacio público, donde se confunde individuo con masa. El resultado es que, a la voz de la orden populista, surge la abolición de la política, ya que “la política muere cuando se declara la superioridad moral”.
La pedagogía del simulacro. Si bien el aparato de propaganda nazi tuvo principios que encajan perfecto con la estrategia populista, hoy se ha perfeccionado la pedagogía del simulacro: eternas conferencias, eternos festejos, arengas en la plaza pública, libros de texto manipulados. Todo populismo necesita un dispositivo que garantice su reproducción cultural. Ese dispositivo es el aparato de propaganda —que hasta memes incluye—. Se trata de una maquinaria simbólica que enseña a obedecer, no a pensar; a creer, no a dudar; a repetir, no a deliberar: el catecismo transformador por todo medio posible.
Así, el ciudadano de ayer dejó de ser sujeto crítico y se ha convertido en un feliz feligrés que no sabe por qué, pero está feliz. Se convierte en una máquina más al servicio de la próxima manifestación, de la próxima misa en la plaza pública, que llevará a todos ahí reunidos a un punto de éxtasis cuasi místico en el que ya ningún líder se pertenece, sino que se funde con el “pueblo bueno”, que le permite al régimen… todos los excesos.
La propaganda populista es poderosa: logra hacer de la mentira el método de dominación. La mentira no es accidente: es una técnica más vieja que Goebbels. Se fabrican mitos épicos para justificar fracasos reales; se inventan persecuciones que nunca se dieron para justificar venganzas; se inventan heroísmos que nunca ocurrieron y eventos míticos que reescriben la historia a conveniencia. Al final, no importa que la narrativa sea falsa: importa que sea útil. El resultado es un constructo que lo explica y lo permite todo. Al fin de cuentas, todos los que votan por el fervor populista están felices de pertenecer… al mesías.
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