De Política Alejandro Álvarez Manilla La detención y posterior muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), marca uno de los episodios más relevantes en la historia reciente de la seguridad en México. No sólo por tratarse de uno de los criminales más buscados del país y de […]
De Política Alejandro Álvarez Manilla
La detención y posterior muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), marca uno de los episodios más relevantes en la historia reciente de la seguridad en México. No sólo por tratarse de uno de los criminales más buscados del país y de Estados Unidos de Norteamérica, sino por el mensaje político y estratégico que implica para el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Sin embargo, el saldo inmediato —bloqueos, enfrentamientos, quema de vehículos y actos violentos en al menos 11 estados— revela la otra cara del golpe: el poder territorial y la capacidad de reacción que aún conservan las estructuras criminales.
Un éxito táctico
Desde el punto de vista operativo, la caída de “El Mencho” representa un logro contundente. El CJNG no era un grupo marginal; se consolidó como una de las organizaciones criminales con mayor expansión territorial global, poder de fuego y diversificación de actividades ilícitas en la última década.
Neutralizar a su líder envía un mensaje de fuerza institucional y coordinación de inteligencia. Para la administración federal, es una señal clara de que no hay intocables y de que el Estado puede actuar contra los objetivos prioritarios.
Pero la historia reciente obliga a matizar el entusiasmo.
La reacción violenta: ¿muestra de debilidad o de fortaleza?
La ola de violencia desatada tras la operación no es un fenómeno nuevo en México. Cada vez que un líder criminal cae, la reacción suele ser inmediata y espectacular: bloqueos, incendios, ataques coordinados. Es una forma de presión, pero también de propaganda.
La pregunta de fondo es si estos estallidos reflejan una organización debilitada o, por el contrario, una estructura lo suficientemente sólida y descentralizada como para operar simultáneamente en múltiples entidades.
El riesgo es claro: la fragmentación. Cuando un liderazgo fuerte desaparece, pueden surgir disputas internas por el control, generando más violencia en el corto y mediano plazo. México ya ha vivido ese escenario.
El desafío para el gobierno de Sheinbaum
Para la presidenta Sheinbaum, este golpe representa una oportunidad política y una prueba histórica.
Oportunidad, porque consolida su narrativa de que la estrategia de seguridad puede combinar inteligencia, coordinación federal y operaciones focalizadas sin recurrir necesariamente a una guerra frontal indiscriminada.
Prueba, porque el verdadero éxito no se medirá por la caída de un capo, sino por la reducción sostenida de la violencia, la contención de represalias y la capacidad de evitar que el CJNG se recomponga bajo otro liderazgo.
La ciudadanía no evaluará el hecho por su espectacularidad, sino por sus efectos cotidianos: menos extorsión, menos homicidios, menos control territorial del crimen organizado.
Más allá de un nombre
La experiencia mexicana demuestra que las organizaciones criminales no desaparecen automáticamente con la caída de su líder. Se transforman, se fragmentan o cambian de mando. El Estado enfrenta no sólo estructuras criminales, sino economías ilegales profundamente arraigadas en diversas regiones.
Si este episodio se traduce en debilitamiento financiero, desarticulación de redes logísticas y recuperación real de territorios, podría marcar un punto de inflexión. Si se queda en la dimensión simbólica, será apenas un capítulo más en la larga historia de capos que caen y organizaciones que resurgen.
La muerte de “El Mencho” es, sin duda, un golpe relevante. Pero el verdadero desafío comienza ahora: demostrar que el Estado puede llenar el vacío que deja el crimen organizado y garantizar seguridad donde antes imperaba el miedo.
Ese será el termómetro real para el gobierno federal.
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