Por César Santomé López. Analista y consultor La deteriorada política contemporánea enfrenta un problema que rara vez se reconoce con claridad: Muchos políticos de hoy intentan gobernar realidades cada vez más complejas con estrategias cada vez más simplificantes. Esta contradicción se ha convertido en una de las principales causas de la ineficacia, la frustración social […]
Por César Santomé López. Analista y consultor
La deteriorada política contemporánea enfrenta un problema que rara vez se reconoce con claridad: Muchos políticos de hoy intentan gobernar realidades cada vez más complejas con estrategias cada vez más simplificantes. Esta contradicción se ha convertido en una de las principales causas de la ineficacia, la frustración social y la degradación de la vida democrática.
La complejidad de este momento histórico demanda todas las capacidades sociales de un país. Gobernar hoy, no es administrar con la majadera simpleza de la mente de un mesías, sino comprender que el mundo genera cada día mayores niveles de incertidumbre e interdependencia en todos los aspectos y que las sociedades necesitan comprenderlo para preparar su futuro en comunidad.
La complejidad es la condición por excelencia de los sistemas actuales que organizan la vida social: la economía, los sistemas energéticos, la seguridad nacional, la innovación tecnológica, el comercio, la educación o la salud pública.
Todas estas dimensiones humanas están profundamente interconectadas, generan efectos no lineales y producen consecuencias que no pueden ser anticipadas mediante soluciones improvisadas. Como ha señalado el filósofo Daniel Innerarity, “el mayor desafío de la política contemporánea no es la falta de información, sino la incapacidad de procesarla adecuadamente en contextos de alta complejidad”.
Frente a esta realidad, la simplificación se ha convertido en el recurso más frecuente de la política antidemocratica, la simpleza se ha instaurado en el mundo como el virus más peligroso para la política. Se simplifican los problemas, se reducen las causas y se exageran los alcances de soluciones falsas, sin sustento informativo, científico o técnico que prometen resultados inmediatos, ignorando que la simplificación no resuelve la complejidad, solamente la oculta. Y cuando la realidad se impone, lo hace en forma de crisis recurrentes, decisiones fallidas, descgarcias y deterioro de la confianza social.
Por ello, la primera condición para gobernar es reconocer la complejidad y reconocer los límites de quien gobierna. No se puede gobernar sin esa conciencia. Ignorancia e improvisación, conducen a la negación sistemática de una realidad que tarde o temprano nos consume. Un Estado sin capacidad de análisis, discurso político sólido, sin instituciones democráticas funcionales y sin crítica, es incapaz de establecer compromisos con la verdad y está condenado a reaccionar, nunca a gobernar.
Tampoco se puede gobernar desde la fragmentación y polarización social, porque la democracia no es el ejercicio de un poder excluyente, sino la construcción de un poder compartido en donde el mejor razonamiento prevalece. En este sentido, gobernar implica negociar, deliberar, construir acuerdos y asumir que las decisiones públicas afectan a la totalidad de la sociedad y que no se trata de solo beneficiar a los simpatizantes electorales. Reducir el gobierno a la representación de una parte de la sociedad es debilitar la democracia y comprometer el bienestar colectivo.
De la misma manera, resulta insostenible pretender gobernar sociedades complejas sin una apuesta clara por las decisiones basadas en la educación, la ciencia y la tecnología. En un mundo interconectado, dependiente y altamente competitivo, el conocimiento es una condición de supervivencia. Como lo advirtió Edgar Morin, la complejidad exige un pensamiento capaz de articular múltiples dimensiones de la realidad. Sin formación sólida, sin investigación y sin desarrollo científico, los gobiernos condenan a sus sociedades al riesgo, a la incertidumbre y al ensayo y error como forma de administración. Y así seguiremso esperando la llegada del sigueinte Tlatoani que nos resuelva la vida.
Compreder la complejidad impide el aislamiento y existir al margen de una comunidad global que avanza sin descanso. Los flujos económicos, tecnológicos, científicos y culturales hacen inviable cualquier intento de aislamiento absoluto. La experiencia histórica muestra que los modelos cerrados, que niegan esta interdependencia, terminan generando empobrecimiento, rezago y pérdida de oportunidades para la sociedad.
Gobernar reconociento la complejidad no admite políticas públicas basadas en el gasto indiscriminado sin criterios de generación de valor. La sostenibilidad de un Estado depende de su capacidad para equilibrar producción, inversión, innovación y bienestar social. Cuando la política sustituye estos equilibrios por mecanismos de dependencia o de lealtad política, no solo se distorsiona la economía, también se debilita la autonomía de la sociedad.
Gobernar la complejidad exige, por tanto, recuperar el papel del saber experto, fortalecer las instituciones, mejorar la calidad del análisis y reconstruir el discurso político como herramienta de comprensión colectiva. Pero también exige algo más profundo: una ética de la responsabilidad frente a las consecuencias de las decisiones públicas. Max Weber advertía que la política no puede evaluarse únicamente por sus intenciones, sino por sus resultados.
En contraste, cuando la política renuncia a comprender la complejidad, tiende a sustituir la realidad por narrativas simplificadas. En este punto, las reflexiones de Jean Baudrillard resultan pertinentes: “cuando el discurso deja de representar la realidad, comienza a reemplazarla por simulaciones que impiden comprender lo que realmente ocurre”. El resultado es ingobernabilidad.
La política presente enfrenta, por tanto, una decisión fundamental: o se adapta a la complejidad del mundo contemporáneo o queda atrapada en una lógica que deteriora sus capacidades y sus resultados. No se trata de hacer la política más complicada, sino de hacerla más eficiente provechando la inteligencia colectiva por encima de la torpeza individual.
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