Lo “woke” nuevo rostro del autoritarismo Por César Santomé López. Analista y Consultor El debate sobre la gentrificación revela contradicciones y falsedades en las ciudades globales. La nueva cultura “woke” o “lo políticamente correcto” se usa hoy como escudo y arma: un efecto de imitación sin reflexión. Lo que nació como estrategia para construir respeto, […]
Lo “woke” nuevo rostro del autoritarismo
Por César Santomé López. Analista y Consultor
El debate sobre la gentrificación revela contradicciones y falsedades en las ciudades globales. La nueva cultura “woke” o “lo políticamente correcto” se usa hoy como escudo y arma: un efecto de imitación sin reflexión. Lo que nació como estrategia para construir respeto, equidad y diálogo, deriva en imitación colectiva e instrumento para censurar la crítica, legitimar el control y cancelar el debate.
La palabra woke proviene del inglés bajo la influencia afroamericana de 1940 a 1960 y significa “estar despierto” ante las injusticias sociales, frente al racismo sistémico en E.U. “Stay woke” era un llamado contra la opresión y la violencia institucional.
Con el tiempo, lo woke abarcó derechos de género, diversidad sexual, justicia ambiental y desigualdad económica. Desde 2010 simboliza una actitud militante en redes sociales, universidades y entornos progresistas, pero su uso se volvió difuso, ambivalente y hasta perverso.
La cultura woke, en positivo se asocia con empatía social, sanación colectiva y justicia restaurativa y es central en movimientos como Black Lives Matter (2013) y MeToo (2006), que originalmente tuvieron un enfoque comunitario en favor de mujeres de color, el término se viralizó en 2017 debido al caso Weinstein en el corazón de Hollywood.
El símbolo woke marcó una ruptura cultural y transformó el debate público sobre el abuso del poder, el racismo, la exclusión, el mal uso del lenguaje, el deseo sexual y el machismo, también abrió grandes interrogantes sobre el riesgo de convertir las denuncias de grupo en un “absoluto aplastante” que generaliza y estigmatiza, ante lo cual, el rol de los medios y las redes siguen contribuyendo a vaciar simbólicamente el sentido de protesta y justicia.
Lo woke en sentido negativo, se convierte en espectáculo y sirve de pretexto autoritario para definir unilateralmente lo políticamente correcto, pierde valor cuando es usado para cancelar la crítica y el debate sobre los abusos del poder. Estamos frente a un simulacro de la corrección política. Como advierten Baudrillard, Han y Žižek, los sistemas simbólicos tienden a vaciarse de contenido cuando son secuestrados por poderes facticos o institucionalizados y cuando se convierten en “obligación moral o política”, esto convierte toda lucha legítima en simulacros o espectáculos ideológicos.
Lo políticamente correcto en personas equivocadas actuando por imitación y consiga, transforman valores verdaderos en parodias políticas en el escenario de las grandes urbes donde se construyen falsas narrativas de la inclusión, pero que reprimen toda diferencia que no se ajuste al interés oficial o al interés extraoficial oportunista.
Se permite ser libre, siempre y cuando se piense igual que aquel grupo que marque oportunamente la tendencia de, “lo políticamente correcto” en lo cual, los medios y las redes son incapaces de gestionar correctamente la falta de verdad y de justicia. Sobre todo, si se limitan a replicar falsas afirmaciones y versiones engañosas de la realidad, entonces los medios no pueden llamar a las cosas por su nombre– so pena de ser acosados- y no han descubierto aún cómo lograrlo.
En todas las grandes ciudades corremos el riesgo de caer en una conducta de docilidad aprendida, una simulación que genera formas sofisticadas de control social, los ciudadanos, convertidos en masa, imitan gestos como tolerancia, diversidad o equidad, pero sin entender a cabalidad lo que significan, la vida urbana se vuelve un teatro de buenas conciencias, pero intolerantes a cualquier desacuerdo con el discurso popular imitativo o con el punto de vista oficial. El colectivo opositor es objeto de un autoritarismo que obliga a todos a adoptar narrativas y discursos sin reflexión.
Lo woke se convierte por todo el mundo en una máscara del autoritarismo. Varios personajes han aprendido a utilizarlo como un lenguaje de poder, no como reivindicación de derechos, sino como coartada simbólica para censurar y para descalificar crítica, sirve para ocultar imposiciones autoritarias detrás de un discurso inclusivo, lo woke deja de ser herramienta de justicia y se convierte en un instrumento de anulación política.
La ciudad moderna ya no se gobierna solo con leyes y presupuesto, se gobierna con símbolos, en el mundo urbano contemporáneo la simulación de tolerancia y eficiencia es un símbolo efectivo que se usa para sofocar el conflicto social y desactivar la protesta. Esto anula la democracia y degrada el poder, poco a poco surge la oclocracia incluso digital, donde la manipulación emocional sustituye la deliberación racional, donde la imitación y la búsqueda de identidad usan el deseo de pertenecer y denunciar para contagiar, mediante oleadas de revelaciones falsas y engañosas, prácticas de justicia sumaria sin debido proceso.
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