Ciudad de México y la gentrificación como disputa simbólica Por César Santomé López. Analista y consultor. Desde hace más de 25 años, la Ciudad de México dejó de ser un espacio de asentamiento masivo y de expansión desordenada. La capital de México se consolidó como campo de disputa simbólica. Aquí no solamente la lucha política […]
Ciudad de México y la gentrificación como disputa simbólica
Por César Santomé López. Analista y consultor.
Desde hace más de 25 años, la Ciudad de México dejó de ser un espacio de asentamiento masivo y de expansión desordenada. La capital de México se consolidó como campo de disputa simbólica. Aquí no solamente la lucha política ha tenido impacto en la vida de los capitalinos, sino que diversos procesos urbanos que agrupamos en lo que hoy se conoce como gentrificación, han provocado que los barrios no sólo se transformen físicamente, también transitan por un cambio profundo, no solo se estetizan, se reapropian y se resignifican.
El proceso mediante el cual, zonas tradicionalmente populares son revalorizadas y ocupadas por sectores con mayor poder adquisitivo es sólo una pieza del rompecabezas, es parte de un movimiento social mucho más profundo. Se trata de un proceso social mediante el cual se define, qué “concepto de ciudad es válido y políticamente correcto”; qué “cultura merece ser desarrollada” y hasta qué tipo de ciudadano es “considerado deseable” y no hay nada más excluyente que ese enfoque, a la ciudad no la define una sola persona o grupo, la definimos todos, tampoco la define una sola narrativa en particular, la ciudad misma se define y es el resultado de lo que somos y deseamos todos nosotros.
Los barrios multicitados como el epicentro de la gentrificación como las colonias, Condesa, Roma, Juárez, Santa María la Ribera, San Rafael, la Doctores o la Guerrero. transitan o transitaron por una renovación que va más allá del efecto inmobiliario, lo que nos sugiere que es necesario un análisis integral del fenómeno que no se agota en una consulta pública, sino en estudios profundos y de prospectiva y en el diseño de políticas públicas incluyentes.
La gentrificación no puede ser un nuevo instruento de la protesta política, en realidad nos sitúa también frente a una redefinición cultural que se debate entre la tradición del barrio y los efectos del café de autor, de galerías emergentes, eventos de arte urbano, departamentos tipo “loft” y estética vintage, que no hacen más que recrear una versión aspiracional del habitar urbano. Lo que antes era visto como marginal, viejo o peligroso, hoy se reconfigura como “auténtico” o “bohemio”, pero bajo nuevos códigos, con nuevos rostros, con nuevos significados.
Como señala la maestra Alicia Ziccardi, del Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM, su obra explica, cómo la ciudad, no solo se transforma por factores económicos, sino también por los imaginarios urbanos, como las representaciones, las narrativas y nuevas ediciones de valores que legitiman ciertos estilos de vida por encima de otros, lo que incluye usos del espacio y dinámicas sociales.
Los procesos de lo que tratamos de explicar cómo gentrificación son más complejos de lo que manifiesta una marcha o cien de ellas, no solo se trata de desplazamientos físicos, son también procesos de exclusión simbólica.
Los habitantes originarios no sólo pierden la posibilidad de pagar una renta o mantener sus negocios familiares, pierden también el relato que los vinculaba con el barrio.
Los habitantes desplzados se convierten en un “anacronismo viviente”, frase que fue utilizada por el filósofo alemán Hans‑Georg Gadamer (1900–2002) en una entrevista para la revista Die Zeit (1999), ahí afirmaba: “Soy un anacronismo viviente, pues, en realidad no pertenezco ya a la actualidad, pero todavía estoy aquí”. La gentrificación funde horizontes de distintas poblaciones, de las que se van y el de las que se quedan y ello resalta que nuestra interpretación de la realidad siempre se basa en un trasfondo histórico-cultural.
Vivimos en una ciudad que nos observa y nos impone, todos tratamos de librarnos de su condescendencia y de su incomodidad y ello provoca una energía social densa, que se acumula a veces por generaciones de exclusión, desigualdad y estigmatización. Y cuando esa energía no se gestiona a través de políticas públicas razonadas que reparen o redistribuyan, entonces aparecen expresiones radicales que suelen ser objeto y vehículo de una polarización más destructiva que la gentrificación misma.
Investigadores como el maestro Javier Delgado, del Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad de la UNAM, han estudiado como la polarización social va edificando un “enemigo simbólico” que es útil para fines políticos pero inútil para resolver problemas estructurales de exclusión urbana.
Creo que debemos evitar a toda costa vivir en una ciudad fracturada, donde los espacios son de todos y donde no deberían existir trincheras culturales e ideológicas sino espacios de reflexión, discusión y gestión.
Las ciudades son entidades vivas, en constante transformación, sería muy difícil detener su evolución, todos los días cambiamos las formas de trabajo, las dinámicas de movilidad, nuestras aspiraciones económicas y culturales y en ese sentido, la gentrificación responde también a una lógica de renovación funcional y simbólica que forma parte de los ciclos propios de toda metrópoli. Por ello, detener la gentrificación en términos absolutos resulta imposible e incluso indeseable, si de lo que se trata es revitalizar zonas urbanas deterioradas o deprimidas y mantener viva la ciudad.
Lo que nos queda es un esfuerzo y una exigencia, contribuir al diseño de políticas públicas que regulen el desarrollo urbano, que cuiden a la población originaria y que los gobiernos integren ideas y acciones de todos para que nuestra evolución urbana sea una oportunidad compartida y no un nuevo rostro de la exclusión y del resentimiento que nos conviertan en un “anacronismo viviente”.
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