Por César Santomé López La política contemporánea atraviesa una paradoja inquietante: la narrativa nunca había hablado tanto del pueblo y, al mismo tiempo, nunca se había ocupado concretamente tan poco del futuro. El populismo, lejos de gobernar, ha perfeccionado una estrategia de dominación basada en: la simplificación radical de los problemas, la reducción de la […]
Por César Santomé López
La política contemporánea atraviesa una paradoja inquietante: la narrativa nunca había hablado tanto del pueblo y, al mismo tiempo, nunca se había ocupado concretamente tan poco del futuro. El populismo, lejos de gobernar, ha perfeccionado una estrategia de dominación basada en: la simplificación radical de los problemas, la reducción de la agenda nacional a consignas morales y la sustitución del análisis por épica fantástica.
Gobernar exige pensamientos complejos, dominar exige simplificar. La política democrática es, por definición, un ejercicio de gestión de la complejidad y de saber que no se puede tener poder absoluto. Un verdadero demócrata sabe que el poder al que puede aspirar siempre será limitado y negociado; de ahí el arte de un verdadero político.
Una democracia implica conflicto, negociación, evidencia, técnica y responsabilidad. Para el populismo, la complejidad es un estorbo: no busca comprender la realidad para transformarla, sino simplificarla para controlarla.
Daniel Innerarity ha insistido en que las democracias fracasan cuando sustituyen el pensamiento complejo por simples soluciones emocionales, porque “los problemas complejos no admiten soluciones simples sin consecuencias devastadoras”. El populismo hace exactamente eso: transforma desafíos estructurales como desigualdad, productividad, educación, seguridad y bienestar en relatos morales de cómo los culpables impiden a los mesías solucionar lo que habían prometido.
La simplificación populista no es ingenua ni ignorante. Es funcional. Un problema complejo exige instituciones capaces y eficientes; un problema moralizado exige simplemente lealtad y un enemigo único a quien culpar de todo.
La pobreza ideológica como herencia y como proyecto. El populismo no surge en el vacío. Aprovecha una herencia: la pobreza ideológica que dejó el neoliberalismo en su fase tardía.
Durante décadas, el neoliberalismo confió en que el crecimiento económico hablaría por sí mismo. Abandonó la pedagogía del esfuerzo, del largo plazo y del sentido colectivo. Los partidos se vaciaron de pensamiento y se convirtieron en ineficientes maquinarias electorales; la política dejó de explicar hacia dónde íbamos y los partidos gobernantes en el neoliberalismo perdieron significado, sentido y contenido.
Ese vacío fue el terreno fértil del populismo. Pero aquí aparece la diferencia crucial: mientras el neoliberalismo empobreció la producción ideológica por abandono, el populismo lo hace por diseño. Donde antes había desinterés, ahora hay hostilidad abierta al pensamiento crítico, a la técnica y a la profesionalización del Estado.
Hannah Arendt advirtió que cuando la política deja de apoyarse en hechos, análisis, deliberación y juicio, se vuelve terreno de la arbitrariedad y todo se convierte en un circo.
El Estado degradado: de conductor del futuro a administrador del presente. Un Estado capaz de diseñar futuro requiere cuadros técnicos, instituciones estables, continuidad administrativa y deliberación informada. El populismo erosiona sistemáticamente esas bases.
El empobrecimiento de la educación pública, la degradación de la cultura, la descalificación del conocimiento experto y el nombramiento de funcionarios por lealtad antes que por capacidad no son errores aislados: son parte de una lógica coherente. Un aparato estatal competente es un riesgo para un proyecto que vive de la simplificación.
Francis Fukuyama lo formuló con claridad en State-Building: sin capacidad estatal, la política degenera en improvisación permanente. La épica sustituye al desempeño y el futuro se reduce a la siguiente consigna, a otra y luego a otra.
La ilusión de prosperidad: vivir del pasado mientras se consume el futuro. Uno de los aspectos más engañosos del populismo es su aparente viabilidad inicial. Durante un tiempo, los programas, subsidios y proyectos se financian con recursos acumulados en etapas anteriores, muchas veces en periodos de crecimiento asociados al modelo neoliberal que el propio populismo denuesta.
Pero esa inercia económica no es infinita. Se agota lentamente mientras el capital humano se deteriora, la inversión se retrae y las instituciones pierden credibilidad. El populismo no crea riqueza sostenible; incrementa por un tiempo la capacidad de consumo, pero destruye la economía del futuro. Cuando el margen entre riqueza acumulada y compra de votos desaparece, el discurso se radicaliza y el poder se vuelve más coercitivo.
Los ejemplos son conocidos. Argentina y Venezuela, por ejemplo, no son accidentes; son consecuencias previsibles de una política que reemplaza el diseño de futuro por la explotación del resentimiento.
Prospectiva y futuro: cuando el mañana deja de ser pensable. Desde la lógica de la prospectiva, el futuro no es un ideal ni una promesa: es un proyecto posible, un futurible, una construcción basada en decisiones presentes, capacidades institucionales y capital cognitivo. Diseñar futuro exige información, pluralidad, pensamiento crítico y escenarios.
El populismo cancela esas condiciones. Al empobrecer la producción ideológica, al degradar la educación y al reducir la política a moralización, desactiva la capacidad colectiva de imaginar alternativas para el futuro. El populismo no fracasa porque prometa demasiado, sino porque piensa demasiado poco. Su éxito hoy, para su clientela electoral, se paga con el futuro de todos. Sin prospectiva de esfuerzo y riqueza real, sin instituciones fuertes y sin educación, los incentivos para prepararse y trabajar se van acabando.
Mientras tanto, sepamos que el futuro no espera: se construye. Y sin política y ciudadanía crítica, lo único que queda es la administración del desgaste hasta que la inercia se agote. Cuando eso ocurra, el precio ya no es político: es histórico.
Haciendo votos por una Navidad feliz, también hagamos votos por la democracia y el futuro.
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