Por Óscar Solórzano Aquí todos los días son días de muertos, pero llega noviembre y sentimos el gusto de recordar a aquellos que se nos han adelantado en el camino de la vida, por eso el cempasúchil, la garra de león, el papel picado, el pan de muertos o las fotos inundan nuestra vista, las […]
Por Óscar Solórzano
Aquí todos los días son días de muertos, pero llega noviembre y sentimos el gusto de recordar a aquellos que se nos han adelantado en el camino de la vida, por eso el cempasúchil, la garra de león, el papel picado, el pan de muertos o las fotos inundan nuestra vista, las casas y las comunidades.
Pero también la mezcla de culturas que vamos integrando a la nuestra nos deja ver a niños, jóvenes y adultos disfrazados de monstruos, zombies, fantasmas, pero también de calaveras y catrinas, para festejar el Halloween tan de otros lados y tan nuestro.
En México recordamos a los muertos, a los nuestros, a los que amamos y se han ido. Pero olvidamos a los otros, a los que forman parte del dolor ajeno, pero que tarde o temprano serán parte nuestra y para ellos no alcanzan todos los altares.
Esta pandemia nos está dejando huérfanos, van más de 288 mil muertes en nuestro país, de las cuales al menos 44 mil son del Estado de México, podemos cegarnos, ser reduccionistas y culpar a los gobiernos en turno, pero la realidad es que el deterioro de la salud de nuestra gente no es cosa de un sexenio sino un descuido sistemático de la alimentación y de los servicios de atención médica.
Estos muertos que contamos hoy por la coyuntura con la pandemia no es que mueran de COVID, mueren del deterioro y la negligencia personal o de gobiernos que los han dejado a su suerte, en manos de alimentos chatarra.
También se nos olvidan los otros muertos, los que han dejado años de violencia acumulada, años de olvido, de operativos fallidos, de negligencia de las autoridades, de complicidad de jueces, de absoluta impunidad.
El sexenio pasado fueron más de 160 mil muertos, que, desde luego, en un sistema social y de impartición de justicia tan viciado, no se puede mitigar en el corto plazo. Al contrario, atacarlo es como patear un avispero, quizá por eso tan solo en 2020 hubo casi 35 mil muertos en nuestro país y esta tendencia no parece tener un tiempo para detenerse o empezar a bajar de forma sensible, por el contrario, va en aumento.
Este número no es solo una cifra, representa 35 mil familias que han perdido a alguno de sus familiares como víctimas, daños colaterales o victimarios de violencia. En cualquier caso inaceptable.
Qué decir de lo que le sucede a las mujeres, en nuestro país mueren 10.5 mujeres al día, la gran mayoría conocía a sus agresores, eran su familia o sus conocidos, les dijeron que las querían y terminaron cortando su vida de tajo. De las 1,890 mujeres asesinadas en este primer semestre del 2021, 68 son del Estado de México.
Y los otros muertos, los que según la estadística no han fallecido pero que están desaparecidos y sus familias aún los esperan, aún siguen rezando por encontrarlos vivos o por hallar sus restos y poder darles un entierro digno, no esos panteones clandestinos, sin cruces ni flores ni velorios ni urnas ni nada. Apenas un poco de tierra encima para que nadie los encuentre, para que los duelos en este país no se terminen.
Todos estos muertos no alcanzan altares ni veladoras. Nadie los recuerda y se convierten fácilmente en un dato, en una estadística que pasa desapercibida en una sociedad que parece perder (preocupantemente) la sensibilidad ante lo que sucede.
Nos preguntamos cuándo los sistemas de justicia y la Fiscalía van a hacer lo que realmente se requiere de ellos, cuándo van a trabajar porque estos muertos alcancen si no un altar, al menos la justicia necesaria.
Así que ya saben, en eso quedamos.
@OscarSolorzanoMx
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