De Política Alejandro Álvarez Manilla El fin de año suele venderse como un paréntesis luminoso: luces, brindis, propósitos y una cuenta regresiva que promete empezar de nuevo. Sin embargo, este cierre de ciclo llega con un mundo exhausto. México y el planeta arriban a la última página del calendario arrastrando conflictos sociales, guerras abiertas, tragedias […]
De Política Alejandro Álvarez Manilla
El fin de año suele venderse como un paréntesis luminoso: luces, brindis, propósitos y una cuenta regresiva que promete empezar de nuevo. Sin embargo, este cierre de ciclo llega con un mundo exhausto. México y el planeta arriban a la última página del calendario arrastrando conflictos sociales, guerras abiertas, tragedias humanas y una sensación compartida de incertidumbre que no se disuelve con fuegos artificiales.
A nivel global, 2025 volvió a recordarnos que la paz es frágil. Los conflictos bélicos no solo persistieron, sino que se normalizaron en la conversación diaria. Guerras que ya no sorprenden, imágenes de destrucción que pierden impacto por repetición, y una comunidad internacional incapaz de ofrecer soluciones duraderas. La violencia dejó de ser excepción para convertirse en paisaje. El costo real, como siempre, lo pagaron los civiles: desplazados, niños sin escuela, ciudades convertidas en ruinas y generaciones marcadas por el miedo.
En paralelo, el mundo también vivió una guerra menos visible pero igual de profunda: la social. El aumento de la desigualdad, la crisis del costo de vida, la precarización laboral y el desgaste emocional alimentaron protestas, polarización y desconfianza en las instituciones. La tecnología, que prometía acercarnos, terminó amplificando la división. La conversación pública se volvió más áspera, menos empática, más rápida para condenar que para entender.
México no fue ajeno a este clima. El país cerró el año entre avances y pendientes, entre estabilidad macroeconómica y heridas sociales que siguen abiertas. Persistieron la violencia, las desapariciones, los accidentes y tragedias que, por momentos, parecieron diluirse en la estadística. Cada fin de semana trajo su cuota de dolor: carreteras marcadas por accidentes, comunidades golpeadas por fenómenos naturales, familias que terminaron el año con una silla vacía en la mesa.
También hubo una fatiga colectiva. El cansancio de vivir en alerta, de adaptarse a crisis sucesivas, de normalizar lo inaceptable. Aun así, México volvió a mostrar una de sus constantes históricas: la resiliencia. En medio de la tragedia surgió la solidaridad, el apoyo comunitario, la organización espontánea ante la ausencia o lentitud del Estado. Esa capacidad de sostenerse unos a otros sigue siendo uno de los capitales sociales más valiosos del país.
El cierre de año, entonces, no invita a un optimismo ingenuo, sino a una reflexión honesta. No basta con desear que “el próximo año sea mejor” si no se reconocen las causas de lo que duele. Las guerras no terminan con buenos deseos; la violencia no se disuelve con discursos; la desigualdad no se corrige sin decisiones incómodas. El mundo necesita menos retórica y más responsabilidad política, ética y humana.
Pero incluso en este panorama oscuro, el fin de año conserva un sentido profundo: la posibilidad de detenernos. De mirar lo ocurrido sin filtros festivos, de reconocer a quienes ya no están y de preguntarnos qué papel jugamos como sociedad. Tal vez el verdadero acto de esperanza no sea celebrar, sino comprometernos: a no olvidar, a no acostumbrarnos, a no callar.
Cerrar el año no es borrar lo vivido. Es cargar con ello hacia el siguiente capítulo. México y el mundo llegan a la medianoche golpeados, sí, pero todavía de pie. Y en tiempos como estos, seguir de pie ya es, en sí mismo, un acto de resistencia.
A los lectores les deseo un feliz y prospero 2026
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