Lo woke, pero sin clase Por César Santomé López. Analista y consultor. Lo woke, la gentrificación y otros temas se han vuelto recurrentes en la agenda de palabras fetiche del populismo. Estas se trasladan a la vida pública a través de discursos disfrazados de democracia, modernidad, feminismo, resiliencia, sostenibilidad, inclusión y justicia social. Con ello […]
Lo woke, pero sin clase
Por César Santomé López. Analista y consultor.
Lo woke, la gentrificación y otros temas se han vuelto recurrentes en la agenda de palabras fetiche del populismo. Estas se trasladan a la vida pública a través de discursos disfrazados de democracia, modernidad, feminismo, resiliencia, sostenibilidad, inclusión y justicia social. Con ello buscan hacer que su narrativa suene moderna, pero terminan ejecutando pirotecnia verbal que nada transforma en desarrollo, justicia ni estado de derecho.
De frente, la reacción anti-woke responde como la caricatura opuesta y en conjunto, ambos polos ofrecen un espectáculo político cada vez más estéril y vacío.
La llamada “izquierda rosa global” no es un término académico, sino una categoría crítica para describir corrientes políticas que levantan banderas progresistas de género, diversidad o ambientalismo. En manos populistas ha servido para enfatizar la simulación y operar en clave globalizada, tomando referentes de EE. UU. o Europa que tropicalizan a contextos locales como simple retórica de dominación desligada de cambios estructurales reales para solucionar la desigualdad económica o la corrupción política.
De esta forma, el populismo moderno se centra en lo simbólico, lo estético y lo teatral, construyendo una narrativa de voluntad popular y de superioridad moral insultante y así no se transforma ni a sí mismo.
La evolución histórica de la izquierda abrió la puerta al populismo: tras el colapso soviético, la izquierda buscó nuevas causas como derechos humanos, multiculturalismo y derecho de las minorías. Entre 2000 y 2010 floreció el populismo progre latinoamericano, basado en el discurso económico antineoliberal y desde 2010 emergió la llamada “izquierda rosa global” como un derivado opositor a una modernidad que avanza sin cesar y a un neoliberalismo excluyente. Fue más fácil de contagiar y se combinó con discursos de género, clima, woke y redes sociales.
Entre sus referentes encontramos a Judith Butler (1956), teórica queer que deconstruyó el género como acto social; Naomi Klein (1970), crítica del neoliberalismo y de las marcas globales; y Alexandria Ocasio-Cortez (1989), tal vez el rostro más icónico, que encarna juventud, diversidad, estética digital y lo woke urbano.
El populismo instrumentaliza estos discursos e impone una cortina de humo moral, en lugar de atender problemas estructurales como corrupción, pobreza o crimen organizado, se aprovecha de una legitimidad simbólica que alimenta con pequeñas acciones de identidad presentadas como “progresistas”, aunque sus prácticas sean autoritarias, conservadoras y contradictorias. Por ejemplo: usar a mujeres en puestos clave, pero al mismo tiempo minar derechos y destruir instituciones.
Es un verdadero constructo de poder que sustituye las luchas sociales por una puesta en escena compartida con una sociedad dividida entre el entusiasmo enajenado y la vergonzosa apatía.
Sin duda, las sociedades de hoy insisten en adivinar su pasado. Los populismos del mundo están llevando a la sociedad a un retroceso fenomenal, permiten la precarización urbana y social, son incapaces técnicamente hablando y confunden ingreso, riqueza y bienestar: lo mismo les da el flujo, la estructura y el símbolo.
Así, nuestras sociedades solo reciben un menú de paliativos emocionales y coreografías políticas: espectáculos oficiales, murales coloridos, mensajes demagógicos y obras públicas de dudosa funcionalidad, que conviven con ciudades llenas de baches, inundaciones, inseguridad y carencias básicas. El simulacro populista: pan y circo, como dijo el poeta romano Décimo Juvenal hace más de 19 siglos.
Frente a este progresismo simbólico surgen también reacciones anti-woke. En Estados Unidos y Europa se construyen identidades a partir de ir contra el “enemigo woke liberal”. Se movilizan resentimientos conservadores e ignorancia, y tampoco se resuelven desigualdades, dejando retrocesos sociales e institucionales.
Así, el populismo de izquierda o de derecha utiliza lo woke y lo anti-woke y termina ofreciendo espejos deformados de la política contemporánea. Uno ofrece inclusión simbólica sin redistribución; el otro, exclusión ruidosa sin soluciones. Ambos convierten la vida pública en un teatro de falsedades o verdades a medias: progresismos estridentes sin estructura, que dejan a medio camino la democracia y la justicia real.
Elijamos estar despiertos ante la corrupción y la falsedad y no adormecidos por la simulación que, llevándonos a la intransigencia política, terminará por dejarnos cerca de un destino que ya sabemos cómo acabó.
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