El populismo sin ideología: el regreso del pensamiento primitivo Por César Santomé López. Analista y consultor. El siglo XXI prometía consolidar la democracia liberal y el progreso ilustrado. Hoy vive el retorno de los fantasmas políticos más oscuros, el populismo, las dictaduras, el fascismo. En la trilogía que hoy comenzamos, exploramos la enfermedad del poder […]
El populismo sin ideología: el regreso del pensamiento primitivo
Por César Santomé López. Analista y consultor.
El siglo XXI prometía consolidar la democracia liberal y el progreso ilustrado. Hoy vive el retorno de los fantasmas políticos más oscuros, el populismo, las dictaduras, el fascismo. En la trilogía que hoy comenzamos, exploramos la enfermedad del poder llamada populismo, su pobreza intelectual, su moral invertida y su inmensa capacidad para degradar la cultura cívico-política de las sociedades modernas. La trilogía recorre tres capas de este simulacro, hoy hablaremos de cómo es el disfraz ideológico del populismo, sea por la derecha o por la izquierda, tiene un solo objetivo: el asalto al poder.
El populismo posee una gran capacidad camaleónica, se viste de izquierda o de derecha con la misma facilidad con que un actor cambia de máscara en un carnaval. La trampa no está en su narrativa, sino en su estrategia. Detrás de una retórica de justicia social o de soberanía se esconde una maquinaria obsesionada con una sola cosa: la toma total del poder y de la riqueza de una nación.
El populismo no posee ideología, ni está interesado en una, solo roba ideas, frases y conceptos, pero no comprende su significado, usa cualquier ideología como coartada. Se apropia de causas legítimas, combatir la pobreza, la desigualdad, la soberanía y las transforma en mecanismos de control emocional. Baudrillard lo llamaría “la simulación de lo político” (Simulacres et Simulation, 1981), es cuando el populismo ejecuta una representación que ya no remite a la realidad, sino que sustituye la realidad con una posverdad. En este sentido, el populismo es la falsificación de la política, un teatro cursi donde los personajes cambian, pero el guion siempre es el mismo: simplificar. dividir, repetir, culpar.
La repetición como dogma. La mentira, repetida mil veces, se convierte en verdad, diría Joseph Goebbels, esta sentencia encuentra en los populismos contemporáneos su versión digital. Las redes sociales son el nuevo altavoz de esa “posverdad emocional”, una narrativa mentirosa que reemplaza la realidad, la verdad y el pensamiento, es la doctrina convertida en trending topics.
Daniel Innerarity en La democracia del conocimiento (2011), advierte que la posverdad no consiste en una ausencia de información, sino en una saturación de relatos, cuando el populismo explota la confusión y eleva su narrativa a destino manifiesto. “Yo soy la voz de millones de seres que no la tienen”, diría Adolf Hitler, en un discurso en Berlín, 1934. Insiste Innerarity “La ideología populista se reduce a una frase simple, a un hashtag, se trata de una etiqueta que ofrece identidad y refugio emocional contra la complejidad del mundo”.
De la izquierda redentora a la derecha vengadora. El populismo carece de pensamiento propio, pero sabe reciclar símbolos: justicia, pueblo, tradiciones, patria, orden, según cada lugar, según cada sociedad, según cada momento. Mussolini fue socialista antes de ser fascista; Perón mezcló sindicalismo con nacionalismo militar; Chávez reescribió la retórica revolucionaria en clave mesiánica.
Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo 1951, describió cómo los regímenes totalitarios destruyen la frontera entre verdad y mentira. Y aquí una de las claves más importantes, el objetivo del populismo no es convencer a nadie, sino desorientar y confundir para encumbrar su mentira omnipresente. Todo para que el ciudadano deje de buscar la verdad, es el triunfo final del populismo: lograr que el pueblo ya no piense, sino crea, que tenga fe, que les pertenezca y no es un logro menor, pero es muy perverso.
La pobreza como herramienta, no como causa. El populismo no combate la pobreza: la administra. Descubre en ella una valiosa mina de legitimidad política. Paul Krugman, en sus columnas sobre América Latina, ha señalado cómo los regímenes populistas “despilfarran las riquezas de un país y luego culpan al neoliberalismo de su propia incompetencia”. La pobreza la convierten en instrumento de chantaje moral, quien critica al líder “odia al pueblo”, “es un traidor a la patria”, “pertenece a la mafia del poder”.En esta lógica, la ignorancia, la falta de dignidad y la precariedad son activos políticos. La educación es el enemigo natural del populismo por una simple razón, quien puede pensar y analizar deja de obedecer, de apoyar y no se conforma con limosnas.
El vaciamiento del pensamiento político. Umberto Eco, en su ensayo Ur-Fascismo en 1995 (Ur es un prefijo alemán que significa primordial, originario, ancestral o arquetípico), señaló que el fascismo no es una ideología cerrada, sino una constelación de instintos: culto al líder, odio a la diferencia, simplificación del lenguaje y miedo a la inteligencia. No se trata del fascismo histórico de Mussolini o Hitler, sino un conjunto de pulsiones psicológicas, culturales y políticas que hacen posible que el fascismo renazca en cualquier época. El populismo moderno comparte todos esos rasgos, los disfraza de democracia participativa. Su “consulta popular” no es deliberación, sino manipulación; la decisión popular, la “voz del pueblo” es el eco del líder amplificado por la propaganda.
Baudrillard diría que estamos ante una hiperrealidad política: un mundo donde las consignas sustituyen al pensamiento y los símbolos suplantan a la verdad, donde no hay ideología, hay espectáculo; no hay política, hay marketing y en este teatro de ilusiones, el populismo logra uno de sus mayores éxitos, hacer pasar la ignorancia por autenticidad y al fanatismo por virtud, todo al alcance de un meme.
El oportunismo como doctrina. Despojado de su retórica sentimental, el populismo revela su esencia: una estrategia de apropiación. Se adueña del lenguaje de la justicia, de la moral y de la nación para capturar los recursos del Estado. Como cualquier mafioso, identifica los centros de poder y se convierte en su parásito. El populismo no gobierna, saquea, se trata de una enfermedad del poder y una patología de la democracia, cuyo disfraz ideológico oculta la voluntad de dominio sobre la palabra, la riqueza y la verdad.
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