Por César Santomé López. Analista y consultor. Ha sido muy interesante compartir con ustedes los comentarios al estudio de Alejandro Moreno, La transformación cultural de México, editado por BANAMEX. Hoy toca cerrar la serie. El estudio plantea que la crisis política contemporánea en México no es un fenómeno aislado, sino la expresión visible de una […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
Ha sido muy interesante compartir con ustedes los comentarios al estudio de Alejandro Moreno, La transformación cultural de México, editado por BANAMEX. Hoy toca cerrar la serie. El estudio plantea que la crisis política contemporánea en México no es un fenómeno aislado, sino la expresión visible de una transformación cultural profunda.
En efecto, todos observamos cómo los cambios en valores, identidades y percepciones han reconfigurado o más bien, desfigurado la vida pública del país. Corresponde ahora preguntar, ¿hacia dónde nos conduciría esta transformación si la ignoramos y no intervenimos sobre sus causas y efectos?
El estudio hace evidente que el cambio cultural en México es generacional, desigual y sobre todo, contradictorio. Las nuevas generaciones son el núcleo del cambio y este no está siendo homogéneo. Conviven en una misma sociedad, valores asociados a la libertad, la diversidad y la participación, frente a valores de supervivencia vinculados al orden, la estabilidad y la seguridad. Esta coexistencia define el carácter híbrido de la cultura mexicana de hoy, que incuba diferencias que se acentúan cada día más: tenemos jóvenes muy bien preparados cuyas familias o ellos mismos pagan por su formación y jóvenes sin oportunidades o sin ninguna lógica económica para hacer el esfuerzo de prepararse y en este segundo grupo las cosas empeoran. Basta revisar las estadísticas de la participación de jóvenes en el crimen organizado en los últimos años.
El verdadero problema es la capacidad de la sociedad mexicana para entender, procesar y gestionar estos desafíos y los que incubamos para el futuro. Deberíamos ocuparnos activamente de un México que enfrenta hoy una combinación de tensiones económicas, políticas, sociales e ideológicas que configuran un escenario particularmente complejo. En lo económico, persisten problemas estructurales de productividad, innovación y capacidades para generar valor. En lo político, se observa un importante deterioro de las capacidades institucionales y una dificultad creciente para sostener los mecanismos de representación y deliberación, caemos en el engaño de creer que democracia es alzar la mano, así sin pensar, sin discutir, sin entender. En lo social, se profundizan las diferencias entre grupos, generaciones y territorios. Y en lo ideológico, se consolida un desplazamiento hacia narrativas simplificadoras, muchas veces construidas a partir de verdades parciales o percepciones distorsionadas de un modelo político que no existe ni existirá nunca.
Este conjunto de factores plantea un desafío mayor: el de las capacidades. Si bien registramos un desafío en la transformación cultural y generacional, deberíamos completar el análisis ocupándonos de cómo gestionar, compensar y desarrollar nuestras capacidades sociales, económicas y políticas para un futuro no tan lejano. Las generaciones que en los próximos años ocuparán posiciones productivas, directivas y de decisión han sido formadas en contextos educativos, culturales y sociales que, en muchos casos, presentan pobreza de contenidos y rezagos formativos muy significativos. Esto no implica una descalificación generacional, sino el reconocimiento de una condición de nuestra estructura social: la formación de capital humano no ha evolucionado al ritmo de las exigencias de un entorno cada vez más complejo y con ello las instituciones y su capital humano están padeciendo el mismo problema.
La transformación cultural de México no es un proceso lineal, ni garantizado. La coexistencia de valores, clases e intereses, en un entorno que no fomenta la competitividad, ni la productividad, la legalidad, ni el estado de derecho y cuando nos acostumbramos a permitir la fragmentación institucional, la polarización social y el despilfarro público, el resultado no necesariamente será una sociedad más cohesionada, más funcional, más feliz o próspera. Por el contrario, existe la posibilidad de que las tensiones se intensifiquen y la crisis definitiva se haga presente, y llegará sin pensarlo, de repente y sin haberla querido.
A esta dinámica interna se superpone un cambio estructural de carácter global. Por otro lado y por si fuera poco,el mundo atraviesa una fase de reconfiguración geopolítica que está alterando acuerdos en materia de seguridad, energía, comercio y desarrollo. Las disputas entre potencias, la fragmentación de las cadenas de suministro, la transición energética y la redefinición de los equilibrios económicos están modificando los criterios de competitividad y al mismo tiempo, impactan la política interna de los países. Y cito algunos autores favoritos.
Como han señalado Iván Krastev y Stephen Holmes en The Light that Failed (2019), el desajuste entre expectativas sociales y capacidades institucionales no es un fenómeno local, sino una tendencia global que alimenta la polarización y la desconfianza.
En esta misma línea, Yuval Noah Harari advierte en 21 Lessons for the 21st Century (2018) que las sociedades contemporáneas enfrentan una creciente dificultad para procesar la complejidad de un mundo interconectado, lo que incrementa la vulnerabilidad frente a narrativas simplificadoras. Daniel Innerarity ha subrayado que el gran reto de la política contemporánea es gobernar la complejidad con instituciones que, en muchos casos, fueron diseñadas para contextos mucho más simples.
Y finalmente tanto Jean Baudrillard como Umberto Eco anticiparon los riesgos de una sociedad en la que la representación, la simulación y la saturación de información sustituyen la comprensión de la realidad.
Como vemos no hablo exclusivamente de México ni me invento nada, tenemos un problema global y cada país lo enfrenta desde condiciones muy particulares. Hacia 2040, es seguro que el país cambie de manera muy importante, las generaciones más jóvenes gobernarán con una mezcla de mayor diversidad, serán más críticas y desinformadas, con menos tolerancia al fracaso y menos vinculadas a estructuras tradicionales de autoridad y con ello el país enfrentará entornos más exigentes: mayor competencia global, mayor presión tecnológica, mayores desafíos en términos de gobernabilidad y cohesión social. Si tienes hijos jóvenes esto debería hacernos pensar.
Así que la preocupación no será si el país cambiará, eso es seguro. La verdadera pregunta es ¿si podemos hacer algo para llegar a ese momento con las capacidades correctas? En el futuro la diferencia entre la crisis y el desarrollo entre países y entre los hombres no se determinarán solo por su posición geográfica o sus recursos naturales, ni por sus preferencias políticas o por la clase social, sino por la capacidad para adaptarse, innovar y tomar decisiones informadas para generar valor. Aquellos que se preparen estarán en mejores condiciones de enfrentar los desafíos; quienes no lo hagan, enfrentarán costos crecientes.
En este contexto, la responsabilidad deja de ser exclusivamente institucional. Una parte relevante de esta dinámica responde a decisiones colectivas como la forma en que se adoptan y construyen narrativas, la aceptación ciega de mentiras y discursos simplificadores, la normalización de la desinformación y la violencia. En sociedades más avanzadas, la calidad de la vida pública depende no sólo de la calidad de sus instituciones y de la preparación de sus gobernantes, sino de la capacidad de cada uno de sus ciudadanos para comprender la realidad en la que viven. Si esa capacidad se debilita, el margen para la corrección también se reduce y terminamos con sociedades sometidas e ignorantes.
Recordemos que los errores y la indiferencia de hoy tienden a convertirse en restricciones del mañana, nuestra transformación cultural no es el problema, lo es la ausencia de una conciencia social para evitar nuestro deterioro, al que debemos responder con trabajo, inteligencia y acciones. Levántate, despierta, piensa, actúa, produce, ayuda al otro acércate a la verdad, a veces no es la más dulce, pero evita la amargura que nadie merece.
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