Del mesías moral al empobrecimiento colectivo Por César Santomé López. Analista y consultor. La ignorancia gubernamental siempre cobra su factura. Los regímenes populistas pueden narrar epopeyas, fabricar enemigos y prometer renacimientos morales, pero la realidad es inmune a la propaganda. El costo de la incompetencia no se paga en aplausos; se paga en PIB perdido, […]
Del mesías moral al empobrecimiento colectivo
Por César Santomé López. Analista y consultor.
La ignorancia gubernamental siempre cobra su factura. Los regímenes populistas pueden narrar epopeyas, fabricar enemigos y prometer renacimientos morales, pero la realidad es inmune a la propaganda. El costo de la incompetencia no se paga en aplausos; se paga en PIB perdido, en instituciones debilitadas, en cuerpos en las calles y en décadas de retroceso acumulado. Francis Fukuyama lo advirtió con crudeza en State-Building: “La autoridad sin competencia es dominación, no gobernanza.” La incompetencia no solo gobierna mal; empobrece, fractura y desordena la vida colectiva de una nación.
El retorno de lo real: cuando el capricho ya no alcanza. Las naciones no se derrumban por falta de carisma, sino por exceso de improvisación. Los gobiernos que sustituyen la planeación por el voluntarismo terminan atrapados en su propio laberinto narrativo. La realidad, tarde o temprano, exige cuentas.Los ejemplos globales no son anecdóticos; son estructurales: Dos ejemplos: Venezuela: un PIB reducido a una cuarta parte en diez años, industrias estatales colapsadas y servicios básicos intervenidos por las fuerzas armadas. Turquía: megaproyectos faraónicos con sobrecostos de hasta 70 %, financiados a costa de una deuda pública explosiva.
El patrón es universal: los liderazgos egoístas del populismo destruyen de manera doble, por incapacidad técnica y por maldad deliberada. Así, la mayoría de los populismos terminará sin colchones fiscales, enfrentando un desgaste acelerado. La narrativa no reestablece el estado de derecho. Innerarity lo formula con precisión: “La complejidad contemporánea castiga a los gobiernos que se gobiernan a sí mismos, no a la realidad.” Quien gobierna desde la ocurrencia pronto descubre que la realidad siempre cobra.
La sociedad fracturada: subsidios, frustración y violencia Los populismos sociales encuentran estabilidad en las transferencias masivas, pero no en el empleo, la capacitación o la movilidad. La tendencia se replica en cualquier democracia erosionada: el subsidio sin horizonte económico y social, sin incentivos para el esfuerzo real para salir de pobres, crea una clase frustrada, disponible para el crimen organizado y para la violencia política. El paisaje latinoamericano muestra la consecuencia: homicidios de jóvenes como primera causa de muerte, expansión del crimen organizado y una generación que vive sin contrato social y sin futuro.
Katz y Levitsky explican este fenómeno en la erosión democrática: “La degradación comienza cuando el sistema deja de producir inclusión y movilidad. Entonces, los jóvenes dejan de creer en la democracia.” La incompetencia gubernamental no solo afecta la economía: disuelve la cohesión social y normaliza el estallido como forma de expresión.
La política sin verdad: cuando el Estado es el espectáculo que cansa. Cuando el poder judicial se llena de leales sin formación, cuando el Ejecutivo invade los otros poderes, cuando la ley y la política se rigen por la interpretación moral del líder, el Estado de Derecho deja de ser estructura y se convierte en espectáculo.La política deja de gobernar y comienza a simular.Baudrillard lo anticipó: “Cuando la verdad se reemplaza por la verosimilitud, la política empieza a narrar su propia farsa.”
Eso es lo que ocurre en los regímenes populistas tardíos: la narrativa sustituye la capacidad, las conferencias narrativas sustituyen las políticas públicas, y la lealtad al líder sustituye a las instituciones. Fukuyama lo llama decadencia institucional: los Estados dejan de innovar, dejan de corregirse, dejan de aprender. Quedan atrapados en una ficción que ellos mismos producen.
Pero la ficción tiene un límite: la realidad fiscal, la violencia urbana, el deterioro educativo, la falta de inversión y la presión social terminan cerrando el círculo. Y cuando esos círculos se cierran, el régimen entra en su fase más peligrosa: la deriva autoritaria para conservar el control de un país que ya no gobierna, sino que administra en ruinas.
El momento en que estallan las sociedades. Los estallidos sociales nunca son espontáneos. Se incuban lentamente, como consecuencia de tres fuerzas simultáneas: 1. Frustración acumulada por falta de oportunidades. 2. Ruptura del contrato social por incompetencia y corrupción.3. Normalización de la violencia y de la protesta cotidiana como única forma de ser escuchado.Cuando estas variables convergen, el estallido no es una anomalía: es el mecanismo natural de un cuerpo político enfermo que intenta expulsar la mentira que lo gobierna.
Algunos datos ilustrativos para México: Nosotros en los índices internacionales: World Justice Project 2024: lugar 115 de 142 en Estado de Derecho. Transparency International 2024: lugar 126 de 180 en corrupción. Global Peace Index 2025: entre los cinco países más violentos del mundo. IMD World Competitiveness 2025: caída sostenida por debilidad institucional y baja credibilidad. Global Innovation Index 2025 (OMPI): retroceso constante en educación, infraestructura y sofisticación empresarial.
Nunca es tarde para corregir. Las naciones no fracasan únicamente por sus gobernantes. También fracasan por sus ciudadanos: por la indiferencia, por el voto entregado sin reflexión, por permitir que la mentira suplante a la verdad.La erosión populista no se detiene con esperanza; se detiene con lucidez y esfuerzo. Y la lucidez exige algo simple pero decisivo: despertar.Despertar de la comodidad del subsidio. Despertar del dogma de que “todos son iguales”. Despertar del autoengaño moral que convierte al líder en mesías.
Con el populismo no se razona, el populismo somete. Y una sociedad sometida termina renunciando, sin darse cuenta, al futuro de sus hijos.La democracia no se pierde de golpe; se entrega por cansancio. Y cuando un país renuncia a su capacidad crítica, la incompetencia se vuelve destino y cárcel.El lujo supremo de una nación no es el carisma de un líder. Es tener instituciones competentes, ciudadanía vigilante y verdad pública.
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