Por César Santomé López. Analista y consultor. El populismo alcanza su punto más peligroso cuando el líder deja de hablar en nombre del pueblo para presentarse como el pueblo mismo. Es el momento en que desaparece toda diferencia entre gobernante y gobernados: “Yo ya no me pertenezco”, “soy un simple instrumento del pueblo”, “la voz […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
El populismo alcanza su punto más peligroso cuando el líder deja de hablar en nombre del pueblo para presentarse como el pueblo mismo. Es el momento en que desaparece toda diferencia entre gobernante y gobernados: “Yo ya no me pertenezco”, “soy un simple instrumento del pueblo”, “la voz del pueblo es la voz de Dios”. Estas frases, escuchadas en distintos escenarios latinoamericanos, europeos o americanos, son dispositivos simbólicos de enorme eficacia política y de alta toxicidad contra la democracia.
El simulacro de la fusión. Jean Baudrillard advirtió que la política contemporánea funciona como un simulacro: las imágenes y los discursos no representan la realidad, la sustituyen. El líder populista encarna esa lógica; desaparece como individuo y se presenta como colectividad pura. No es el caudillo quien habla, sino “el pueblo”; no es el dictador quien gobierna, sino “la patria”; no es el líder quien manda, sino “la verdadera nación”.
La consecuencia es devastadora: toda crítica se convierte en traición. Si el líder es el pueblo, cuestionarlo equivale a atacarlos a todos. Se liquida entonces la posibilidad del disenso, que es la esencia de la democracia y entonces se instala una unanimidad artificial que anula la pluralidad social.
La escalada hacia el exceso. Baudrillard fue más lejos: la modernidad tardía no se conforma con lo real, exige su versión extrema. No queremos la verdad, sino “lo más verdadero que lo verdadero: queremos la simulación”; no deseamos lo bello, sino “lo más bello que lo bello: deseamos la moda”. Esta lógica del exceso coloniza la política y la convierte en espectáculo.
Los miembros de la camarilla populista, que pasaron del no tener nada a querer poseerlo todo gracias al poder que emana del mesías, son un constructo del pueblo mismo que les permite todos los excesos, esos apóstoles populistas se montan en esa escalada sin medida, buscando saciar el vacío que los habita. En esa voracidad se manifiesta la miseria moral del poder como compensación por los esfuerzos y la vida dedicada al mesías.
El populismo no se alimenta de resultados, sino del exceso simbólico: marchas multitudinarias, gestos teatrales, frases grandilocuentes. El pueblo ya no delibera ni discute: se polariza y se entrega al simulacro de participar en algo histórico, único y moralmente superior.
La pedagogía de la dependencia. La fragilidad de muchas sociedades latinoamericanas proviene de un largo aprendizaje de dependencia frente a gobiernos patriarcales. En lugar de ciudadanos, se cultivaron clientes electorales; en lugar de instituciones sólidas, se cultivan lealtades personales; en lugar de cultura cívica, se cultiva la pereza y la eterna expectativa de que el mesías encarnado resolverá todos los problemas. Esos pueblos, privados de identidad política autónoma, se vuelven terreno fértil para el populismo miserable.
No se trata de una pedagogía de la liberación, a la manera de Enrique Dussel, sino de una pedagogía de la absoluta dependencia: una esclavitud muy perversa, donde la promesa mesiánica sustituye al esfuerzo colectivo, la ilusión reemplaza al futuro y el resentimiento acumulado sustituye al gobierno. El populismo se convierte en la droga simbólica que anestesia a todos ante la falta de valor político y la ausencia de ciudadanía crítica.
La superioridad moral como arma. Hannah Arendt ya había señalado que las ideologías totalitarias se sostienen en la pretensión de monopolizar la verdad. El populismo contemporáneo actúa del mismo modo, con el fetiche de la superioridad moral. El líder no solo dice representar al pueblo, sino que pretende ser su conciencia y su ética encarnada.
El filósofo español Daniel Innerarity lo describe así: “El populismo convierte la política en un terreno moral y no deliberativo”. “Entonces, la discusión deja de ser sobre qué política es mejor y más eficaz, para ocuparse de saber quién es bueno y quién es malo”. Así, la democracia se transforma en un espectáculo de pureza y culpabilidad y así, cualquier acción censura, represión o concentración de poder, estará plenamente justificada porque “emana del pueblo”. El líder no rinde cuentas: descalifica. La simulación reemplaza a la evaluación y el autoengaño se convierte en principio de gobierno.
La anestesia social del populismo. Lo más grave de esta fusión fetichista entre mesías y pueblo es que se destruye el deseo político y toda posibilidad democrática. Una sociedad manipulada de esta manera renuncia a la política como construcción colectiva gracias a que el populismo infecta a la sociedad con el virus de la simpleza, que se alimenta de la ignorancia y de la superioridad moral. Eso permite todo exceso. Ese anestésico social adormece el pensamiento y reduce la vida pública a una liturgia de lealtades.
Es necesario romper la fusión tóxica. El líder que se proclama encarnación del pueblo clausura el espacio democrático. La superioridad moral no libera, sino que anula toda personalidad ciudadana. Para lograr que la democracia sobreviva, es necesario romper esa fusión tóxica: desmitificar los fetiches del populismo, devolver al pueblo la pluralidad, la libertad y sobre todo, recuperar para todos la capacidad para pensar y planear un futuro.
De no hacerlo, viviremos en una parodia populista, con un mesías eterno que hereda o simula heredar el mando, frente a un pueblo infantilizado, con un horizonte político reducido al engaño, al pan y al circo. El pueblo encarnado en el mesías no libera a nadie y a todos nos condena a la impotencia: pasaremos de vivir rodeados de la mafia del poder a la mafia del no poder, porque el populismo no es capaz de resolvernos nada.
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