Por César Santomé López, analista y consultor. El populismo contemporáneo es la cuna de un fenómeno que el mundo entero vive cada vez con mayor preocupación: la construcción del líder mesiánico. En estos tiempos de fatiga democrática, ciertos personajes han identificado el poder de ser caudillo. Este término proviene del latín capitellum, que es el […]
Por César Santomé López, analista y consultor.
El populismo contemporáneo es la cuna de un fenómeno que el mundo entero vive cada vez con mayor preocupación: la construcción del líder mesiánico. En estos tiempos de fatiga democrática, ciertos personajes han identificado el poder de ser caudillo. Este término proviene del latín capitellum, que es el diminutivo de caput, cabeza y originalmente designaba al jefe militar o líder de una hueste. En los siglos XIX y XX, en América Latina, el caudillo fue la figura de poder personalista que emergía tras los procesos de independencia, cuando las instituciones eran débiles y el ejército garantizaba autoridad.
En el mundo contemporáneo, el caudillo funciona como fetiche y mediador del deseo colectivo: para Girard, el caudillo canaliza la violencia mimética, unifica a la multitud dirigiendo su resentimiento hacia un enemigo común. Para Baudrillard, el caudillo escenifica el simulacro de autoridad, una imagen que sustituye la realidad política, aquí el caudillo ya no gobierna, representa. Para el filósofo español Daniel Innerarity un caudillo en una época de incertidumbre y crisis, simplifica el mundo, promete claridad donde solo hay complejidad. Para Krastev y Holmes, encarna la nostalgia por una soberanía perdida es el espejo del resentimiento hacia las élites y Occidente.
En el populismo moderno, el caudillo deja de ser un político para volverse redentor, profeta, padre fundador, es el mesías encarnado, el espíritu del pueblo. El nuevo mesías es el punto de condensación del deseo social, se convierte en autoproclamado mediador entre el resentimiento y la esperanza, en el populismo moderno el mesías ya no dirige ejércitos, sino emociones, ya no conquista territorios, sino conciencias, su poder no proviene de la ley sino de la fe, del odio social y de la polarización.
La autoridad política del mesías ya no se funda en la razón, ni en la ciencia, ni en el conocimiento o en la eficacia, se basa en una fe que permite todos los excesos, el pueblo ya no elige, cree y más si se trata de un pueblo ignorante, desinformado y tibio.
Cuando el neoliberalismo se agotó como relato incapaz de ofrecer un sentido de identidad o un horizonte moral más allá de las cifras del PIB, del índice de la inflación o del tipo de cambio, el populismo ocupó ese vacío con un lenguaje emocionalmente poderoso.
Se trata de la identidad del líder como mesías y encarnación del pueblo. René Girard lo explicaría como una fusión del chivo expiatorio y salvador de la humanidad, del pueblo.
El mesías populista culpa de todo al pasado, él mismo es la nueva historia y promete la redención, utiliza los fetiches populistas “yo ya no me pertenezco”, “soy un instrumento del pueblo”, “se gobierna obedeciendo”, “la historia me absolverá”. Establece una liturgia política que sustituye el análisis racional por la devoción y contagia todo con un virus fatal: la simpleza.
Por eso es tan importante para el populismo, la escenificación, el teatro, pan y circo. El populismo opera no como gobierno, sino como un simulacro de la política, su poder se basa en producir cuentos, narrativa, imágenes, festivales, actos, manifestaciones, que van sustituyendo la realidad hasta que, nadie sabe dónde está la verdad.
El populismo no resuelve nada, monta una representación, porque no le conviene solucionar nada, lo bueno para el populista es mantener viva la narrativa de la lucha entre él y “ellos” contra el pasado corrupto, contra las mafias, contra los neoliberales, contra los yanquis, así mantienen viva la ilusión de que alguien cuida y vigila a la turbamulta.
En este teatro, el líder, se transforma en el fetiche del mesías, un objeto de culto que concentra todas las sensaciones de esperanza y resentimiento de la sociedad. El fenómeno tiene su genealogía. Ejemplos hay muchos y cada quien nos imaginamos a nuestro mesías favorito, el populismo mesiánico invierte la lógica del destino manifiesto, ya no se trata de conquistar el futuro, sino de restituir una grandeza perdida. La misión es nostálgica, reactiva y perversa, el futuro se lo roba el mesías para reconstruir un pasado imaginario y una posverdad que aniquila la democracia y más tarde a la sociedad.
Ivan Krastev y Stephen Holmes autores de “La luz que se apaga: cómo Occidente ganó la Guerra Fría y perdió la paz” (2019), describen el fenómeno como el resentimiento de las democracias imitadoras. Pueblos frustrados con la imitación de Occidente, que buscan una identidad en el líder, esa promesa de identidad es en realidad un encierro porque, en esta clase de regímenes, el pueblo ya no participa, solo contempla y lo que el populismo reparte no es poder ni justicia, sino consuelo simbólico y por tanto ese consuelo se satisface como esperanza y votos, “ahora sí seremos diferentes”, mientras, todo se destruye.
Cada problema que trata el mesías o el populista, sea inseguridad, crisis económica, una elección o una reforma arbitraria y represora, se convierte en un episodio más de la telenovela, un interminable rosario de: “la patria contra la oligarquía”, “el pueblo contra los conservadores”, “no más corrupción”, “ya olvidaron a los corruptos del pasado” “los empresarios mafiosos”, bla, bla bla.
Es bueno recordar que la esperanza se mantiene viva, solo si la amenaza persiste; el enemigo es indispensable para sostener la fe. Así, el populismo convierte la política en un drama perpetuo donde la redención siempre está por llegar.
Francis Fukuyama lo advirtió: el neoliberalismo no supo construir una narrativa incluyente, su fracaso dejó libre el espacio para que el populismo ofreciera una redención imaginaria. El resultado es una trampa eterna de frustración y esperanza recicladas, los pueblos que buscan salvación en un mesías terminan atrapados en una religión política que sustituye el futuro, por la nostalgia de algo que nunca existirá.
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