Por César Santomé López, analista y consultor.Las grandes ciudades condensan el poder político y la complejidad social de un país. Desde Roma, la urbs representa el origen del concepto de ciudadanía: ser parte activa del gobierno. La historia contemporánea nos demuestra que el populismo teje en la misma dirección que el neoliberalismo más cáustico: ambos […]
Por César Santomé López, analista y consultor.
Las grandes ciudades condensan el poder político y la complejidad social de un país. Desde Roma, la urbs representa el origen del concepto de ciudadanía: ser parte activa del gobierno.
La historia contemporánea nos demuestra que el populismo teje en la misma dirección que el neoliberalismo más cáustico: ambos degradan la condición del ciudadano, lo transforman en masa, en público pasivo de un espectáculo político o tecnocrático, según sea el caso.
En lugar de gobernanza vinculante, lo de hoy es que el populismo ofrece retórica polarizante; en vez de abrir canales de participación, se organizan rituales multitudinarios donde la única voz válida es la del líder. Así, la izquierda, ahora populista —que según su propio dicho debería democratizar— termina excluyendo a quien disiente, imponiendo una homogeneidad que traiciona la esencia misma de la política.
Hannah Arendt (2006) advierte que la masa desarticulada es el terreno fértil del totalitarismo: un colectivo sin voz crítica, ni agenda política. En las urbes dominadas por el populismo, los ciudadanos son reducidos a “pueblo”, sin singularidad ni poder de incidencia real.
Aunque al pueblo se le convoca a conciertos, festivales, mítines o consultas fantasma casi a mano alzada, se le niega (sobre todo si son oposición) la participación sustantiva en decisiones sobre presupuestos, movilidad o servicios públicos. La democracia se convierte en liturgia fantasmal, en humo que se disipa al compás de la consigna de ocasión y en limpias mal hechas por un pueblo que ni es sabio y que, más que bueno, es ingénuo e instrumentalizado por el poder en turno.
Sin embargo el mundo ofrece ejemplos edificantes de buen gobierno como una tendencia contemporánea hacia gobiernos inteligentes (smart governance), basados en el uso estratégico de la tecnología para mejorar la eficiencia, la transparencia y la participación ciudadana. Singapur, implementó Lamppost-as-a-Platform (LaaP), sensores en postes para monitoreo ambiental, tráfico y seguridad, como parte del ecosistema Smart Nation. Seúl, con su Oficina Digital del Alcalde y la línea 120 Dasan, integra en tiempo real datos de CCTV, reportes ciudadanos y registros administrativos.
Estos casos comparten claves fundamentales para evitar el smart-washing o la simulación:
- Datos abiertos con privacidad por diseño.
- Software de código abierto e interoperabilidad.
- Métricas públicas de desempeño operativo.
- Canales únicos de atención ciudadana con SLA (Acuerdos de Niveles de Servicio).
Más allá de la tecnología, estos modelos crean gobernanza participativa, donde la ciudadanía exige más y el gobierno responde mejor. Es la digitalización al servicio de la democracia, no del espectáculo.
También existen modelos que prueban que es posible vincular a la ciudadanía con decisiones públicas reales: Porto Alegre, que en 1989 creó el presupuesto participativo, donde vecinos deciden sobre el destino de recursos municipales. Investigadores como Wampler han documentado su impacto positivo en la equidad y la confianza democrática (Wampler, 2010). Medellín, a través del urbanismo social y el Metrocable, redujo violencia y mejoró la movilidad de comunidades excluidas (Cerdá et all., 2012). Berlín, con su plataforma mein.berlin.de, permite deliberación ciudadana con trazabilidad pública.
La OCDE, en su informe Innovative Citizen Participation and New Democratic Institutions (2020), destaca que estos mecanismos han incrementado la confianza institucional y la calidad democrática en decenas de ciudades.
El populismo urbano, en cambio, suele derivar en colapso funcional. Cuando la narrativa sustituye al oficio y la ideología al conocimiento, el resultado es devastador:
Caracas: cortes de luz, falta de agua, colapso del transporte y violencia extrema. La crisis urbana está documentada por Human Rights Watch (HRW, 2019). Buenos Aires: accidentes como la tragedia de Once (2012), reflejo de corrupción y abandono en infraestructura ferroviaria (Banco Mundial, 2017). La Habana: la ciudad histórica se desmorona, más del 60 % del parque habitacional requiere reparación urgente (BBC, 2022).
La ciudad no es solo espacio geográfico inerte, es la expresión de una sociedad viva y democrática. La decisión no es tan difícil, usted qué prefiere: democracia, participación, digitalización, eficiencia y riqueza o populismo, regresión analógica, pobreza y esclavitud.
El gran reto de las sociedades en todo el mundo para evitar el colapso social y político es lograr que el conjunto social sea más inteligente que uno solo de sus gobernantes e impedir que la dinámica provocada por un solo individuo vuelva a la sociedad más torpe que él.
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