Zona Analítica. Por César Santomé López. Analista y consultor.
La crisis política que vive el mundo vuelve a poner sobre la mesa la crisis de la democracia. Me parece que hemos olvidado que la democracia ofrece un espacio común para reconocer hechos, propuestas e intereses, sobre el cual podamos discrepar, analizar y decidir. Si bien es cierto que es un sistema político imperfecto, no busca la unanimidad de posturas y opiniones, pero ofrece condiciones para la deliberación razonable.
En contraparte, analizando los niveles y las formas de las protestas y discrepancias, ese espacio de gestión política está en peligro. Por esta razón varios gobiernos nacionales están gobernando bajo presión constante y ello, me parece, es consecuencia de que vivimos en sociedades en las que ya no discutimos ni ideas ni propuestas. Cambiar este hecho sería una verdadera transformación.
Por desgracia, lo que nos propone la política de hoy es discutir acusaciones y narrativas distintas de la realidad, con lo cual el poder instituido en un régimen enfrenta un doble problema: primero porque las posturas en disputa parecen irreductibles y segundo porque en varios países el régimen en turno intenta convertirse en productor privilegiado de realidad: selecciona qué hechos reconocer, cuáles relativizar, qué responsabilidades atribuir al pasado y qué críticas descalificar.
La mentira política desde el poder, del signo que sea, no consiste solamente en decir algo falso o sólo una parte de la verdad. Ese mecanismo lo que en realidad busca es sustituir la capacidad política ciudadana de analizar y juzgar, por una narrativa moralizante y protectora: “Yo sé”, “Yo interpreto”, “Yo decido quién tiene la culpa”, “Yo te protejo del engaño”, “Yo te digo quién informa correctamente”. Se trata de una sobreprotección que termina convirtiéndose en dominación y en infantilización de la política. El ciudadano deja de ser sujeto político y el poder aparece entonces como padre, protector, intérprete, salvador, mesías o como un dictador impostor. Y en esos términos cualquier falsedad vale y cualquier pecado se perdona bajo la mirada de ciudadanos infantilizados y cómodamente dependientes.
La democracia protege derechos ciudadanos y el populismo “protege” al ciudadano de su autonomía y de su libertad. Estamos frente a dos concepciones distintas de la política y del ciudadano. La democracia trata al ciudadano como adulto e incomoda tanto al ciudadano como al poder; con el moderno populismo en el poder, se convence al ciudadano de que, sin su protección política permanente, no puede defenderse solo y bajo esa lógica, se le perdona todo al mesías en turno.
La democracia y el eje de la verdad. En la política siempre había existido un cierto valor para la verdad, para el prestigio, para el esfuerzo y para el conocimiento. Ahora vemos con crudeza que a buena parte de las estrategias políticas contemporáneas no les interesan la verdad, ni el prestigio o el conocimiento, ni parecen necesitarlos y de eso tenemos ejemplos muy recientes.
Por su parte, la sofisticación económica y tecnológica de nuestra vida nos condujo también hacia una parte del sueño neoliberal en el cual el uso antipolítico de la verdad podía excusarse por la “propiedad” del conocimiento técnico, y esa estrategia se ocupó muy poco de explicar, contrastar y evaluar socialmente las interpretaciones de la realidad desde las cuales se gobernaba. El neoliberalismo ignoró que no todo lo que se presenta como conocimiento técnico constituye por sí mismo una decisión política correcta; la otra cara del espejo sería que ninguna narrativa que invoque al pueblo se convierte por ello en verdad y mucho menos en una buena alternativa política.
En contraste, la política democrática nunca ha tenido como meta poseer una verdad definitiva. Lo suyo es discutir, analizar, contrastar, negociar y decidir sobre la base de que nadie —ni una mayoría electoral, ni una élite privilegiada, ni un pueblo proclamado bueno y sabio— tiene en propiedad ni la objetividad ni la verdad absoluta.
En este sentido John Rawls advierte que la pretensión de incorporar “toda la verdad” a la política resulta incompatible con una concepción de razón pública propia de la ciudadanía democrática. Hannah Arendt, por su parte, advirtió también sobre la difícil relación entre verdad y política y sobre el carácter coercitivo que puede adquirir una verdad cuando pretende imponerse como indiscutible. La democracia sí necesita la verdad, pero debemos desconfiar de quien pretende poseerla completa y absolutamente.
El valor de la democracia no está en generar o poseer “la verdad”, sino en lograr beneficios comunes a través de la libertad de opinar, participar, contrastar y decidir. La democracia representa un conflicto permanente de interpretaciones e intereses y no una lucha destinada a imponer una sola narrativa moral y correcta de la realidad.
Sin embargo, esto no significa que cualquier cosa pueda convertirse en verdad por el simple hecho de ser defendida políticamente. La democracia necesita un piso común de hechos bien reconocidos; sin ello, la discusión deja de existir porque ya no existe una realidad compartida sobre la cual podamos discrepar. La democracia no necesita una “verdad revelada”; necesita una realidad compartida.
Existen cosas objetivas y reales cuyo tratamiento técnico o científico poco tiene que ver con lo que entendemos por política. Pero al mismo tiempo es imposible hacer política sin una correcta identificación de los hechos sobre los que deben basarse el análisis, la acción y la decisión. Los hechos no dependen de la conveniencia política. Su interpretación, en cambio, pertenece inevitablemente al terreno de la discusión democrática.
Una política neoliberal basada exclusivamente en los números y en el mercado puede producir distorsiones sociales que tarde o temprano pasan factura. El populismo también genera distorsiones costosas cuando construye falsas narrativas para justificar decisiones de la más diversa índole y manipular la realidad. En un caso puede presentarse una decisión como inevitable porque “los números hablan” y en el otro porque “el pueblo bueno y sabio ha hablado a través de mí”.
Las formas de dominación ideológica, populista o tecnocrática pueden abusar de sus propias “narrativas de verdad” y han contribuido a producir algunas de las crisis que vivimos. Verificar los hechos y los dichos en política es indispensable porque nos permite reconocer que la verdad es importante e incómoda, pero está insertada en un universo mucho más amplio de intereses, necesidades, interpretaciones y decisiones dentro de una sociedad democrática y plural.
Es necesario identificar la mentira política cuando se vuelve sistemática y combatirla con todos los instrumentos periodísticos, institucionales y jurídicos disponibles. Pero debemos asumir que nuestra relación con la verdad, sobre todo en la vida pública, es más compleja de lo que quisieran quienes pretenden convertirla en una propiedad moralizada desde la cual juzgan y dominan a los demás.
Cierto es que la política y la vida sin emociones son un abismo. Para no caer es importante preservar la verdad como uno de los cimientos de la vida en sociedad, porque también contribuye a salvaguardar nuestra humanidad.
Aunque su espacio sea necesariamente acotado en la política, la emoción que acompaña a cada postura no puede convertirse en una “verdad revelada” perteneciente a una sola persona. Ya estamos viendo a qué conduce eso.












