De la incomprensión política neoliberal al simulacro del progreso Por César Santomé López. Analista y consultor. 2 de octubre 2025. La política mundial vive un cierre de época y diversos periodistas y autores califican al fenómeno como la crisis democrática más grande que haya existido. Además, todo se complica, debido a la opacidad con la […]
De la incomprensión política neoliberal al simulacro del progreso
Por César Santomé López. Analista y consultor. 2 de octubre 2025.
La política mundial vive un cierre de época y diversos periodistas y autores califican al fenómeno como la crisis democrática más grande que haya existido. Además, todo se complica, debido a la opacidad con la que se gobierna desde el populismo, que es una especie de régimen emergente. Ahora casi nadie accede a una versión objetiva de la realidad y nuestra política se convierte en populismo beligerante que llena todo de incertidumbre convertido en administrador de la “verdad”, la “honestidad”, de las culpas, resentimientos y de constructos ideológicos que engañan a muchas sociedades en todo el planeta.
El espejismo del fin de la historia. Francis Fukuyama proclamó en 1992 el “fin de la historia”: se trataba del triunfo definitivo de la democracia liberal y del capitalismo. Más de tres décadas después, ese espejismo es evidente: ni la democracia liberal se consolidó, ni el capitalismo produjo bienestar compartido. El neoliberalismo generó riqueza, pero no generó identidad, inclusión ni explicación para la ciudadanía; careció de una narrativa social y política. Ese vacío abrió espacio a la crisis política que vivimos hoy, dando pie a regímenes que, en el fondo, no ofrecen progreso real ni algo distinto, sino la ilusión de revancha frente a la decadencia neoliberal y democrática.
La tragedia de la imitación. Ivan Krastev y Stephen Holmes (2019) nos mostraban cómo, luego de los años 80, muchas sociedades imitaron el modelo occidental del neoliberalismo como único modelo posible. Con ello, se fue anulando la creatividad política, mientras la soberbia neoliberal crecía y dejaba a la democracia sin relato. Esa copia sin matiz político generó el desastre que vivimos hoy. El populismo ocupó el vacío político, pero no como alternativa radical sino como la parodia de un mesías que promete lo que la democracia neoliberal no cumplió. Se alimenta de la polarización social, se sostienen medias verdades, consignas de falsas narrativas y un radicalismo poderoso.
El futuro ya no es lo que era antes. La desigualdad de hoy no es solo económica y social: el odio social, la polarización, la ignorancia, la indiferencia y la incertidumbre toman partido. La brecha ya no es solo entre ricos y pobres. El populismo necesita del “nosotros” contra “ellos”: se trata del pueblo olvidado contra los enemigos de la patria, los conservadores, los traidores, los demócratas, contra los críticos corruptos. El imaginario populista define quién pertenece a la comunidad y quién debe ser expulsado simbólicamente de ella. Así, la categoría de ciudadano se reduce a obediencia; quien disiente deja de ser parte del pueblo y se convierte en adversario. El fetiche del “nosotros”, “del pueblo”, borra la pluralidad, mientras la soberanía, otro fetiche, se transforma en justificación para el aislamiento y la impunidad.
Ahora se juega el destino de la política cuando ésta se limita a descalificar desde la superioridad moral y la ocurrencia y cuando se cancela el análisis y la deliberación
De la democracia al fetiche. La democracia nació como un espacio de escrutinio y deliberación, significó la idea de someter a los gobernantes al juicio de los gobernados. Hoy, la democracia contemporánea, desprovista de un horizonte claro, terminó cediendo paso a un populismo que se refugia en fetiches. Hoy la palabra “democracia” se repite como conjuro, convertida en retórica contra todo enemigo posible. Lo que se refuerza con otros fetiches y constructos: “el mandato popular”, “la revolución de las conciencias” y más allá de las fronteras, estarían “America First”, el “Deep State”, “la defensa de la cristiandad” de Orbán, “La France éternelle” de Le Pen, o “Patria, socialismo o muerte” de Chávez y Maduro. “Ya no me pertenezco”, dirán todos.
Invocados como blindaje, los fetiches actúan contra los adversarios y las críticas, evocan una falsa identidad con su público electoral e invitan a la radicalización, haciendo que se olviden fallas como corrupción o incompetencia. Se rechazan todos los análisis posibles y se cierran las puertas a los comparativos e indicadores internacionales de democracia, educación, salud, corrupción, innovación y competitividad.
El populista no quiere ser medido ni comparado, prefiere el mito de la soberanía absoluta, un mito que solo protege a un mesías, pero no al ciudadano. Se trata de una invocación mágica en la cual el voto imaginario de la turbamulta sustituye la compleja tarea de gobernar. Pero soberanía sin escrutinio es apenas populismo: todo se reduce a pan y circo, a simplistas rituales ancestrales que exaltan al “pueblo” mientras se degrada la democrática.
Con los fetiches populistas se invalidan críticas técnicas o académicas, todos buscan operar bajo el mismo registro: redefinir democracia como plebiscito permanente, donde el líder se coloca como voz absoluta y reencarnación del pueblo. En lugar de fortalecer contrapesos, instituciones y órganos autónomos, se promueve un espejismo en el que la voluntad del pueblo —misteriosamente idéntica a la del líder— sustituye al debate democrático.
Todos estos fetiches se repiten hasta convertirlos en amuletos emocionales sin contenido real. El resultado son regímenes blindados, atrapados en el autoengaño. Sin crítica ni apertura, la soberanía se vuelve prisión.
Recuperar la promesa democrática no consiste en mirar hacia atrás, ni en recurrir a fetiches, sino en reconstruir una política en ruinas que nos comunique con un lenguaje común, que exprese cada cosa, evento o conducta por su nombre y que sirva para visualizar un futuro compartido que supere tanto el espejismo neoliberal como la parodia populista. Debemos evitar que el pueblo, lejos de mandar, quede reducido al papel de espectador del mesías que habla en su nombre y que no sea ese mesías quien convierta a toda una sociedad en un ente más torpe que él.
Los comentarios están cerrados