Por Laura Aline Pérez — Consultora e Instructora Holística. Hay mujeres que, desde fuera, lo tienen todo para avanzar. Son inteligentes.Son capaces.Incluso pueden ser físicamente atractivas. Y, sin embargo, algo dentro de ellas se detiene. Dudan antes de avanzar.Postergan decisiones importantes.Sienten que no es su momento… aunque lleven años preparándose. Y lo más desconcertante es […]
Por Laura Aline Pérez — Consultora e Instructora Holística.
Hay mujeres que, desde fuera, lo tienen todo para avanzar.
Son inteligentes.
Son capaces.
Incluso pueden ser físicamente atractivas.
Y, sin embargo, algo dentro de ellas se detiene.
Dudan antes de avanzar.
Postergan decisiones importantes.
Sienten que no es su momento… aunque lleven años preparándose.
Y lo más desconcertante es que no logran entender por qué.
En algunos casos, la respuesta no está en su capacidad, ni en sus oportunidades.
Está en la relación que tuvieron con su madre.
Existe una dinámica poco visible, pero profundamente determinante, en la que la madre no logra reconocer el brillo de su hija. No siempre ocurre de forma evidente. A veces no hay palabras duras ni conflictos abiertos. Se manifiesta de maneras más sutiles: comparaciones constantes, críticas disfrazadas de consejo, falta de reconocimiento o una sensación permanente de que “algo falta”.
En otros casos, la relación puede sentirse más tensa. La madre compite, invalida o genera incomodidad cuando la hija comienza a destacar.
Esta dinámica puede llevar a que la hija aprenda a regular su propia luz para mantener el vínculo.
Porque, en lo más profundo, para un niño —y especialmente para una hija— pertenecer es una necesidad vital.
Y cuando pertenecer se asocia con adaptarse, muchas mujeres desarrollan una forma de estar en el mundo donde avanzan con cautela, se contienen o se ajustan para mantenerse en un lugar seguro dentro de ese vínculo.
Este proceso se construye a partir de la experiencia emocional.
Se integra con el tiempo.
Se convierte en una forma de reaccionar, de decidir y de posicionarse frente a la vida.
Por eso, en la vida adulta, aparecen sensaciones muy específicas que suelen pasar desapercibidas:
Sentir incomodidad cuando recibes reconocimiento o elogios.
Restarle valor a tus logros, como si no fueran suficientes.
Tener la sensación de que siempre hay algo más que debes hacer para sentirte “lista”.
Iniciar proyectos con entusiasmo y perder fuerza justo cuando comienzan a avanzar.
Compararte constantemente con otras mujeres, sintiendo que siempre están un paso adelante.
También puede aparecer una sensación más profunda y difícil de explicar:
Como si avanzar implicara alejarte de algo importante.
Como si destacar generara una incomodidad interna.
Como si tuvieras que elegir entre crecer… o mantener el vínculo emocional con tu historia.
Muchas mujeres no identifican esto como un conflicto.
Lo viven como parte de su personalidad.
Como una forma “normal” de ser.
Y desde ahí, continúan tomando decisiones que refuerzan ese mismo patrón.
Comprender esto abre una nueva forma de observarse.
Permite reconocer que muchas de estas respuestas tienen un origen emocional claro, y que no aparecen por falta de capacidad, sino como una forma de adaptación aprendida.
Y en ese proceso de observación, suele aparecer algo que resulta clave:
Una mezcla de emociones que conviven al mismo tiempo.
Amor hacia la madre.
Y, al mismo tiempo, experiencias que dolieron.
Esta combinación genera confusión, exigencia interna y una sensación constante de no estar completamente en paz con una misma.
En la siguiente entrega profundizaremos en este conflicto interno que muchas mujeres viven en silencio, y cómo esta mezcla de amor y dolor influye directamente en su autoestima y en la forma en la que se perciben a sí mismas.
Porque entender lo que se siente también es una forma de comenzar a transformarlo.
Los comentarios están cerrados