Por César Santomé López. Analista y consultor. El deterioro social, político y económico de un país a manos del populismo no ocurre de manera súbita. Es un proceso lento, constante y casi imperceptible, lo cual dilata cualquier reacción social. El deterioro es real cuando un régimen comienza acallando voces que dan cuenta de lo que […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
El deterioro social, político y económico de un país a manos del populismo no ocurre de manera súbita. Es un proceso lento, constante y casi imperceptible, lo cual dilata cualquier reacción social. El deterioro es real cuando un régimen comienza acallando voces que dan cuenta de lo que la mayoría se niega a ver y entender.
Entonces aparece una clara señal: pensar se vuelve incómodo para una sociedad entusiasmada con el engaño, la limosna, el pan y el circo, y con un régimen que cobra revancha social, aunque ello no les represente beneficio alguno. Pensar se vuelve incómodo para el poder, que es la última instancia en desear un análisis objetivo de lo que sucede, e incómodo para quien denuncia, ya que no encuentra eco para su esfuerzo analítico y de prospectiva.
Este es el punto en el que hoy nos encontramos: están amenazados todos aquellos que ejecuten el acto más importante de nuestra existencia, el pensar. Pensar nos permite categorizar, distinguir entre el bien y el mal; nos permite obtener una dimensión de los problemas, saber qué es mucho y qué es poco, qué es complejo y qué es sencillo, pero sobre todo nos permite seguir adelante en la vida y nos permite diseñar un futuro.
Los regímenes populistas entran en una fase de agotamiento cuando ya no toleran el pensamiento crítico, cuando no toleran la denuncia, cuando la objetividad se vuelve un enemigo y cuando los ciudadanos críticos representan la principal amenaza. Y no es que el populismo nunca haya apreciado el pensamiento y el análisis, sino que quienes lo dirigen ya no pueden permitir que el ciudadano piense, porque es necesario para ellos mantener la insultante simplificación de todos los problemas para reducirlos a un juicio moral, a su juicio moral que señala quién es bueno y quién es enemigo.
Esta etapa del populismo suele coincidir con algo más profundo y más peligroso: el agotamiento de los recursos materiales, humanos e institucionales que sostuvieron su ascenso al poder. Es cuando el populista sabe que el fin económico empieza a verse en el horizonte y cuando el discurso ya no da para más ante la evidencia del desastre.
El fin de los recursos fáciles. Destruir grandes economías lleva su tiempo. El dispendio de recursos al principio parece fácil, pero se va complicando: los recursos líquidos se acaban y los fiscales, tarde o temprano, también se agotarán al ritmo que marque la impericia con la que se tomen decisiones. Todo proyecto populista depende de recursos que no genera, sino que consume. Durante un tiempo puede financiar programas, subsidios o lealtades, y es la inercia de una gran economía la que crea la ilusión de estabilidad y eficacia.
Todo tiene un límite. Hoy enfrentamos un escenario en el que convergen varias extinciones silenciosas: el bono demográfico, la población envejece y el pasivo laboral crece; los recursos naturales cada vez son menores; la producción se estanca y se registra un deterioro del capital humano. A ello se suma el agotamiento del colchón financiero que una vez tuvimos. Es cuando el problema deja de ser administrativo y se vuelve político.
Mientras tanto, el mundo se vuelve más complejo. La geopolítica se reconfigura, los bloques económicos se tensan y los equilibrios globales se vuelven más frágiles. En ese contexto, un populismo que crea un país socialmente fragmentado, políticamente empobrecido e institucionalmente debilitado queda mal parado, sin margen de maniobra ni capacidad de adaptación.
El costo de la lealtad sobre la competencia. Cuando los expertos son desplazados por obedientes, cuando la crítica es vista como traición y cuando la técnica es sustituida por ocurrencias, el Estado pierde su función básica: coordinar capacidades para producir un futuro seguro. Este patrón ni es nuevo ni es exclusivo. El populismo ha sido documentado históricamente en regímenes de distintos signos ideológicos. La historia muestra una constante: cuando el poder se rodea de leales ignorantes y margina a críticos competentes, el deterioro se acelera.
La responsabilidad social: la indiferencia también gobierna. Ser analíticos y honestos exige ir más allá de la crítica al gobierno. Los escenarios de desastre no se construyen solo desde el poder; también se construyen desde la indiferencia social. La masa abstencionista, que decide no participar, que no vota y que asume que nada puede cambiar, otorga poder. La abstención no es neutral: en contextos populistas suele ser funcional al régimen. La falta de reacción, la normalización del violento deterioro y la renuncia a la participación cívica consolidan un poder viciado y corrupto. La historia contemporánea muestra con claridad cómo sociedades enteras, por cansancio, miedo o apatía, facilitaron el avance de regímenes que prometían orden, redención o justicia y terminaron expropiando todo el futuro colectivo.
Cuando ya no hay migajas. Hay una ilusión persistente entre quienes sostienen al populismo: la idea de que siempre habrá algo más que repartir. Pero cuando los recursos se agotan, esa promesa se vuelve insostenible. En ese punto, incluso los votantes más entusiastas descubren que ya no hay migajas, porque la riqueza real ha sido secuestrada por una élite leal al régimen y por oportunistas que supieron capitalizar el momento histórico de resentimiento.
Estamos entrando en una fase en la que el populismo ya no puede sostenerse con abundancia ni con promesas. Por eso pensar se vuelve incómodo. Por eso la crítica molesta. Por eso la deliberación estorba. La pregunta ya no es si el modelo es sostenible, sino cuánto costará la tardanza en reaccionar. El costo de la indiferencia es cancelar el futuro de todos. Cerrar 2025 con esta reflexión no es un ejercicio de alarma, sino de responsabilidad. Los países se destruyen cuando la sociedad acepta la degradación como normalidad y la indiferencia como refugio.
Hago votos porque pensar no se convierta en un crimen. Avancemos al 2026, Fuerza, México!!.
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