Por César Santomé López. Analista y consultor. Todo populismo, cuando alcanza el poder, prolonga más allá de lo electoral su simulación original: la falsificación ideológica se traslada al campo fiscal y económico. Igual que usurpó las ideas de justicia, soberanía y combate a la corrupción para conquistar el voto, ahora invoca los clichés de la […]
Por César Santomé López. Analista y consultor.
Todo populismo, cuando alcanza el poder, prolonga más allá de lo electoral su simulación original: la falsificación ideológica se traslada al campo fiscal y económico. Igual que usurpó las ideas de justicia, soberanía y combate a la corrupción para conquistar el voto, ahora invoca los clichés de la redistribución de la riqueza (o cualquier otro) para justificar el hambre fiscal.
El populismo no cree en los principios que invoca; los utiliza como coartada moral que esconde una lógica brutalmente elemental: quien produce paga; quien aplaude, cobra. Y los cargos de gobierno, antes que espacios de servicio, se convierten en botines que se reparten entre los leales al régimen, aunque no sepan leer ni escribir, pero que terminan usando los recursos públicos de aquellos “puestos de privilegio” que antes dijeron combatir.
De la recaudación al chantaje. En el siglo IV a. C., el filósofo chino Lao-Tsé advertía: “El mejor gobierno es aquel cuyos impuestos son ligeros y cuyo pueblo apenas nota su existencia”. En cambio, los malos gobiernos —decía— “agotan a la gente con tributos y leyes”. Esta sabiduría milenaria reaparece con ironía: el populismo no gobierna, cobra. No administra, saquea en nombre del pueblo y son los que más agotan las economías, los que más prohíben y los que dictan qué consumir, cómo gastar y qué pensar.
Paul Krugman ha descrito cómo los populismos latinoamericanos destruyen las bases fiscales que los sostienen: “Durante los años de bonanza regalan subsidios; cuando llega la crisis, suben impuestos para financiar el despilfarro anterior” (Populism and Economics, 2019).
Política fiscal como instrumento de control. A diferencia de un Estado moderno, que grava para redistribuir, el populismo cobra para castigar, premiar y robar. Su política fiscal opera como un sistema de intimidación: terror fiscal para los que piensan distinto, trabas a los independientes, subsidios, contrabando y premios a los leales. Esta nueva mafia del “no poder” necesita demostrar dominio, no justicia. En los regímenes populistas, los impuestos no financian el progreso: financian el relato del mesías. Cada programa social es propaganda; cada beca, una inversión en obediencia.
Como señaló Jean Baudrillard en La transparencia del mal (1990), el poder moderno ya no se sostiene en la fuerza, sino en la “circulación de signos”: impuestos, miedo, prohibiciones y programas producen “una idea de justicia y soberanía” que es solo espectáculo. El resultado es un Estado que aparenta proteger, pero asfixia; que dice redistribuir, pero solo reparte entre sus líderes.
De la economía productiva a la economía del simulacro. El populismo convierte la economía en simulación; le quita el valor social a quien produce riqueza. Lo que importa es repartir: un poco al elector para simular justicia y el resto para ell “Reichskabinett” o Innerer Kreis, el círculo íntimo o la camarilla, quienes operan cada aumento de impuestos como un acto moral en bien del pueblo.
Emprendedores, comerciantes, profesionistas, pequeñas industrias y asalariados siguen contribuyendo al sostén de la economía real y pagan el relato populista. Así, lo que se destruye no es solo el capital, sino la confianza; y sin ella, el ciudadano se oculta, evade o emigra. Un mal gobierno que solo sabe cobrar impuestos y prohibir fortalece y propicia vicios como mercados negros, informalidad, contrabando y corrupción. Cada exceso fiscalizador engendra un nuevo intermediario y la sociedad retrocede hacia una economía feudal de favores y miedos que habíamos dejado atrás en los años 50´s y 60´s.
El botín y la dádiva. El populismo, incapaz de crear riqueza, necesita apropiarse de la ajena, en lo que incluye su denuncia a la corrupción anterior y luego se adueña de ella. Como advierte Oriana Fallaci en La rabia y el orgullo (2001), los demagogos comienzan con discursos morales y terminan comportándose como aquellos a quienes acusaban. La moral es su máscara, no su límite. Cobrar impuestos deja de ser un deber cívico y se convierte en terror.
Fracasos fiscales del populismo. Argentina, subsidios, nacionalizaciones y controles de precios del peronismo y el kirchnerismo llevaron a décadas de inflación, fuga de capitales y pérdida de competitividad. Venezuela, el chavismo desmontó el aparato productivo en nombre de la justicia social, instauró una economía de racionamiento, dependencia y quebró Petróleos de Venezuela. Grecia, el populismo fiscal de los años 2000, gasto público desbordado, endeudamiento sin productividad y manipulación de cifras, culminó en la crisis de deuda que casi hunde a la Eurozona. El populismo no redistribuye la riqueza: la extermina.
El populismo como mafia del no poder. El crimen organizado cobra piso, el populismo cobra lealtad. Ambos viven de lo ajeno y se sostienen del miedo. La diferencia es que el primero actúa fuera de la ley y el segundo dentro de ella. Por eso el populismo es más peligroso: no destruye al Estado, lo convierte en su cómplice. Su política fiscal no busca bienestar, sino sumisión; no promueve ciudadanía, sino servidumbre y suele dejarle libre paso al crimen organizado. La sociedad termina asfixiada dentro o fuera de la ley.
Cuando las arcas se vacían y ya no hay a quién culpar, los populismos terminan por esclavizar al propio pueblo educado en la dependencia y domesticado por el miedo. Es el destino de las naciones que confunden justicia con rencor y esperanza con subsidios. La sociedad entera se vuelve una corte aduladora, creyendo que prosperar es obedecer. Pero ningún pueblo se hace grande a fuerza de pan y circo; solo el trabajo, la vergüenza cívica, la educación y la disciplina forjan una nación libre y rica, y nada de malo hay en pretender eso.
Cito a Winston Churchill: “El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo de la ignorancia y el evangelio de la envidia; su fruto final es la esclavitud.” (Cámara de los Comunes, Londres, 22 de octubre de 1945). A esa esclavitud hoy le denominamos populismo: es el precio que pagan los pueblos que prefieren la mentira que los consuela a la verdad que los libera.
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