Por César Santomé López. Analista y consultor Ya hemos planteado que la crisis política contemporánea en México no puede entenderse sin considerar la transformación cultural que la precede y que la impulsa. Ahora abordaremos en el análisis los conflictos estructurales que el estudio de Alejandro Moreno, La evolución cultural en México: Cuatro décadas de cambio […]
Por César Santomé López. Analista y consultor
Ya hemos planteado que la crisis política contemporánea en México no puede entenderse sin considerar la transformación cultural que la precede y que la impulsa. Ahora abordaremos en el análisis los conflictos estructurales que el estudio de Alejandro Moreno, La evolución cultural en México: Cuatro décadas de cambio de valores, 1982-2023, identifica como problemas que hoy afectan a la sociedad mexicana, lo que contribuye sin duda a la comprensión de nuestra fragmentación social.
Es posible identificar cuatro ámbitos de conflicto en torno de los cuales, tiene lugar la tensión social de hoy: el económico, el político, el ideológico y el social. Estos factores y conflictos no operan de manera independiente, se entrelazan y configuran así un reto muy complejo.
En el ámbito económico, las tensiones acumulan efectos derivados de la globalización y del neoliberalismo, que al no saber gestionar en la sociedad entendimiento, expectativas y modos de actuar, perpetuaron un sistema sin soluciones explicitas a la desigualdad y a los desafíos asociados a la integración comercial. Esta lógica, modificó la esperanza social y generó percepciones muy diferenciadas respecto del desarrollo, el bienestar y las oportunidades. La economía dejó de ser un espacio de búsqueda de eficiencia, de producción y distribución y se convirtió en un campo de batalla político-simbólica sobre el futuro de todos y del país.
En lo político, el conflicto se expresa en la disputa por la legitimidad de las instituciones, la calidad de la democracia y el papel de los liderazgos. Las tensiones derivadas del deterioro institucional de los últimos años se están incubando y acumulando cada día mayor presión, entre eficacia e idoneidad institucional y personalismo en la imposición de la voluntad mesiánica que trastoca reglas y equilibrios. Este hecho refleja el majadero rezago institucional que padecemos.
En cuanto al aspecto ideológico, se percibe, más que una transformación, una pérdida y un empobrecimiento ideológico. La política dejó de organizarse en debates sobre la realidad, la verdad y el sentido común y se trasladó al campo de la simulación y de la posverdad. Hoy los nuevos fundamentos de la política son las emociones derivadas de la falta de identidad, el resentimiento y la polarización. Y, por si fuera poco, este proceso de deterioro se acelera gracias a que se organiza todo en un entorno digital donde se fabrican nuevas identidades, se fragmentan las audiencias y se multiplican los marcos interpretativos, en general falsos. La política ya no gira en torno a programas o propuestas, sino a percepciones, dogmas y formas perversas de entender la realidad.
Finalmente, en el plano social, estamos ante la creación casi artificial y oportunista de nuevas identidades que transitan por criterios tan distintos como lo woke, el género, las subculturas, los territorios, la gentrificación y desde luego las generaciones.
Estas identidades no sólo impactan y a veces, hasta deterioran el tejido social, sino que también introducen nuevas líneas de tensión y reconfiguran las formas de pertenencia colectiva.
Todo ello permite observar a México como una sociedad en transición, como lo sugiere el marco de Ronald Inglehart, estaríamos en una posición difusa o intermedia entre culturas tradicionales y orientaciones hacia la autoexpresión o hacia una especie de expresión social inducida. Sin duda, una sociedad en transformación, no en evolución, en la que coexisten valores distintos, capacidades sociales distintas y contradicciones asociadas al resultado de los impactos de una narrativa que se basa en muchas cosas menos en la verdad y en la realidad.
Esta condición social explica en buena medida la naturaleza de los conflictos actuales. El cambio cultural no es homogéneo. Existen diferencias significativas entre regiones, niveles educativos, clases sociales y generaciones. Como resultado, la sociedad mexicana presenta una fragmentación cultural que se traduce en tensiones persistentes entre tradición y modernidad, entre religión y su influencia social, entre autoritarismo y libertad y entre seguridad y derechos.
Así las cosas, la polarización no es sólo política, sino cultural, social y hasta económica. De seguir así, este encono escalará a los extremos. El estudio sugiere además un desplazamiento relevante: la política en México tiende a moverse de un eje predominantemente económico hacia uno que pondera cada día más, aspectos como identidad, valores, estilos de vida y derechos a lo que se suma las diferencias cada día más profundas en lo económico al situar a la clase media en un proceso de desaparición forzada.
Por todo lo anterior, el conflicto político ya no es lo que era antes. La evidencia también muestra un debilitamiento progresivo de las formas tradicionales de autoridad: Al diablo con sus instituciones cobra sentido, pero también hay crisis en la familia, las abuelitas tienen cada día menos influencia en sus nietos delincuentes y crisis también en las estructuras políticas dominantes, los partidos políticos son un ejemplo que sobra detallar.
Esta clase de procesos abre dos posibles trayectorias:Por un lado, puede impulsar dinámicas de fortalecimiento institucional, basadas en reglas, deliberación y mecanismos de rendición de cuentas y por otro, puede favorecer la búsqueda de liderazgos personales fuertes, populistas o autoritarios que prometan orden, dirección y soluciones inmediatas ante la percepción generalizada de que algo no va bien. Ambas trayectorias coexisten el día de hoy.
Si a todo ello sumamos el entorno global, es obvio que la capacidad de los países no sólo depende de los recursos materiales, sino de la solidez de sus instituciones y de la calidad de su capital humano. Esto es muy importante para México, porque las generaciones que definirán el país en las próximas décadas, particularmente Millennials y Generación Z, presentan rasgos culturales distintos: menor religiosidad, mayor diversidad, mayor individualismo y una relación más crítica con el poder y aquí habría que preguntarnos respecto de qué poder y en cuanto a cuál narrativa.
En este sentido, la transformación cultural de México no sólo redefine identidades y expectativas, sino que plantea interrogantes fundamentales sobre la capacidad del país para gestionar su propia complejidad. En la siguiente entrega, las conclusiones.
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