Por César Santomé. Analista y consultor. 18 de septiembre 2025 Un drenaje colapsado no se repara con discursos, un bache no desaparece con un hashtag y la impartición de justicia no se resuelve con una ceremonia chamánica. Gobernar —la civitas— exige mucho más que lealtad partidista y fe ciega. Ser eterno opositor y sentirse moralmente […]
Por César Santomé. Analista y consultor.
18 de septiembre 2025
Un drenaje colapsado no se repara con discursos, un bache no desaparece con un hashtag y la impartición de justicia no se resuelve con una ceremonia chamánica. Gobernar —la civitas— exige mucho más que lealtad partidista y fe ciega. Ser eterno opositor y sentirse moralmente superior no hace, ni asegura, buenos gobernantes.
Gobernar requiere sentido común, preparación académica, ayuda de la ciencia, de la tecnología y congruencia. La política honesta, profesional y con visión de Estado no es la que ocupa portadas con actos masivos o con escándalos de sospechas de corrupción, sino la que mantiene el transporte público funcionando, las calles seguras; la que está abierta al disenso y que propicia deliberación, análisis y objetividad; la que acepta contrapesos democráticos y que propicia un espacio donde ganan las mejores ideas en beneficio de todos.
Las “smart cities” procuran sociedades del conocimiento, allí donde la información, la ciencia y los datos abiertos son la base de la gestión urbana. Como señaló Nicos Komninos (2002), una ciudad inteligente no se define únicamente por sensores o infraestructura digital, sino por la capacidad de articular sistemas de información, innovación y capital humano en beneficio de la competitividad y la calidad de vida.
Sin embargo, como advirtió Robert Hollands (2008), lo “inteligente” corre el riesgo de convertirse en un eslogan de marketing urbano: muchas veces se anuncia como smart aquello que apenas es simulacro digital. En su artículo “Will the real smart city please stand up”, Hollands se convirtió en un crítico del fetichismo tecnológico, señalando que muchas ciudades se limitan a instalar sensores, fibra óptica o cámaras, sin resolver desigualdad, pobreza o participación ciudadana.
Junto con el riesgo latente de reducir la inteligencia urbana a una ocurrencia digital, está el problema del branding urbano. Hollands advierte que “smart city” se usa como etiqueta de marketing para atraer inversión y turistas, más que como modelo real de gobernanza democrática. Y así, a la manera de Baudrillard, solo queda un “sello de modernidad” vacío.
Hollands identifica tres tipos de “ciudad inteligente”: Intelligent city, orientada al conocimiento, innovación y aprendizaje; Progressive city, vinculada a políticas públicas inclusivas y democráticas; y, finalmente, Entrepreneurial city, la que usa lo smart como herramienta de marketing y competitividad económica. ¿En cuál vivimos?
En el otro lado de la moneda está la “dumb city”, “la ciudad populista”, donde se vive en una sociedad de la simulación. Allí la propaganda sustituye a la política, la enajenación al razonamiento y el espectáculo reemplaza la gestión pública.
La Habana permanece atrapada en un modelo autoritario que presume resistencia ideológica, pero carece de casi todos los servicios básicos. Caracas transitó de la esperanza a la ruina con un relato de inclusión que terminó en hiperinflación, apagones y colapso urbano. Ankara se ha convertido en escenario de nacionalismo populista, donde el control digital y mediático suplanta la deliberación democrática. Y en el ejemplo más extremo, la Alemania de la Segunda Guerra Mundial: la renuncia ciudadana al pensamiento crítico convirtió la modernidad industrial en un aparato de exterminio.
En estos casos se cumple la advertencia de Ivan Krastev y Stephen Holmes (2019): el populismo se alimenta de la frustración frente a una democracia liberal incapaz de resolver los mecanismos efectivos de inclusión, equidad y los mecanismos de una real cultura del esfuerzo. La falta de una narrativa razonable basada en resultados abrió el espacio a líderes populistas que ofrecen identidad, paliativos económicos y pertenencia, pero que polarizan y envenenan a la sociedad con miedo, ignorancia y simpleza.
Ciencia y conciencia dirían muchos, la paradoja que se plantea es que la política urbana más eficaz suele ser invisible. Un drenaje que funciona no gana titulares; un semáforo calibrado no genera trending topics; un tren puntual no aparece en TikTok. Al populista no le interesa la gestión que sostiene la vida cotidiana. El gobernante populista apuesta por la visibilidad del show, por el discurso fácil, popular e irreflexivo. El dilema es construir ciudad o construir relato.
Los ciudadanos no hemos tenido el carácter para darnos el tiempo y tomar la decisión de analizar y exigir resultados frente al avance populista. No premiamos las buenas acciones del gobierno, pero tampoco hemos encontrado la forma de castigar su mala gestión, no participamos activamente y no vamos a votar. Insistimos en no leer, en no tomar las cosas en serio. Tenemos una tendencia a reducir todo al chiste, al meme; toleramos la simulación y nos reímos de ella. Y así, estamos a nada de convertirnos en cómplices pasivos de las nuevas “ciudades tontas”, de sociedades que renuncian a la inteligencia colectiva y terminan prisioneras de su propia historia, una que se repite y se repite……..
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