Por César Santomé López. Analista y consultor En esta segunda entrega abordamos el componente empírico del libro de Alejandro Moreno, La evolución cultural en México: Cuatro décadas de cambio de valores, 1982-2023, publicado por Banamex. El planteamiento central es claro: los cambios culturales son medibles, consistentes en el tiempo y están impulsados principalmente por el […]
Por César Santomé López. Analista y consultor
En esta segunda entrega abordamos el componente empírico del libro de Alejandro Moreno, La evolución cultural en México: Cuatro décadas de cambio de valores, 1982-2023, publicado por Banamex. El planteamiento central es claro: los cambios culturales son medibles, consistentes en el tiempo y están impulsados principalmente por el reemplazo generacional.
El texto detalla cómo México ha dejado de ser culturalmente homogéneo. En el país conviven al menos cinco generaciones formadas en contextos profundamente distintos: la Generación Posrevolucionaria (1923–1945), marcada por un México rural y autoritario; los Baby Boomers (1946–1964), formados en el desarrollo estabilizador; la Generación X (1965–1980), atravesada por las crisis económicas y la apertura; los Millennials (1981–1996), que han crecido en la globalización; y la Generación Z (1997–2012), una generación plenamente inmersa en la revolución digital.
El cambio generacional está acompañado por un cambio de valores que ha conformado un verdadero “combo” que ya modificó de manera compleja nuestra estructura social. El reemplazo generacional que se experimenta es el motor del cambio cultural. Las diferencias de valores entre las distintas generaciones no sólo existen, sino que ya forman parte de un fenómeno estructural. Entre los cambios más significativos está, por ejemplo, La importancia de dios y la religión, este factor cultural alcanzaba niveles del 90% en el pasado, en la Generación Z se reduce a la mitad. Por otro lado, se observa una transformación consistente en valores sociales clave: roles de género, hay mayor aceptación de la igualdad laboral, la autonomía femenina; se percibe una más amplia crítica abierta a estructuras tradicionales como el patriarcado; la diversidad sexual, las nuevas generaciones muestran mayor tolerancia social y dan menor peso al moralismo y finalmente cambios respecto de la autoridad, aquí se registra una tendencia a cuestionar jerarquías, a desconfiar de instituciones y a participar políticamente por vías no convencionales.
Bien apunta el libro de Alejandro Moreno, estos cambios forman parte de una reconfiguración más amplia de la cultura social. En este sentido, el marco teórico que ofrece Ronald Inglehart en “Modernization and Postmodernization: Cultural, Economic, and Political Change in 43 Societies” de Princeton University Press, 1997, permite interpretar este proceso a partir de dos ejes: valores de supervivencia y valores de autoexpresión. En el caso mexicano, ambos coexisten de manera sui generis: por un lado, crecen valores asociados a la libertad individual, la diversidad, los derechos civiles y la participación crítica y por otro lado, persisten e incluso se intensifican valores de supervivencia vinculados a la búsqueda del orden, la estabilidad, la seguridad y la autoridad.
Esta coexistencia de valores, expectativas y generaciones ofrece una configuración cultural compleja. La sociedad mexicana no transita de manera lineal de un sistema de valores a otro, sino que articula simultáneamente orientaciones distintas, y este hecho tiene implicaciones directas en la política.El conflicto político ya no se organiza exclusivamente por clases sociales, sino por valores culturales. Tradición frente a diversidad, autoridad frente a libertad, nacionalismo frente a cosmopolitismo. La nueva estructura de conflicto explica buena parte de la polarización que hoy atraviesa al país.
Esta transformación también permite entender el papel del populismo. El populismo no debe entenderse únicamente como una estrategia política, sino como una expresión cultural de este fenómeno del deterioro social y cultural. En una sociedad donde la razón pública se ha debilitado, las narrativas simplificadoras encuentran terreno fértil, por si fuera poco, hay un elemento adicional que hoy agrava este proceso y que no estaba plenamente incorporado en el contexto del estudio:
México enfrenta un entorno internacional caracterizado por tensiones crecientes: reconfiguraciones geopolíticas; conflictos energéticos; reestructuración del comercio global y ajustes económicos e industriales que redefinen la interdependencia entre países. Este escenario exige mayores y más finas capacidades institucionales, mayor calidad de capital humano y mayor solidez en la toma de decisiones públicas. Y conforme se intensifiquen los conflictos y el nuevo orden internacional mayor será nuestro nivel de riesgo si no hacemos nada por equilibrar nuestra realidad respecto del marco internacional. No parecen tiempos de encierro nacionalista, sino tiempos de apertura al futuro, para competir y ganar posiciones.
Sin embargo, a veces parece que estamos en el peor escenario; tenemos una sociedad que cambia en sus valores debido a un choque de generaciones, pero que al mismo tiempo debilita sus capacidades educativas, analíticas, institucionales y culturales ante un mundo más complejo, interconectado y mucho más avanzado que hace 50 años. Estamos de frente al riesgo de no poder procesar adecuadamente los desafíos globales. En México amplias regiones del país operan bajo condiciones de violencia y debilidad del Estado de Derecho. En este entorno, la demanda de orden y seguridad no es ideológica, tiene que ver con la supervivencia y esto es muy aprovechable políticamente, para bien y para mal.
Estos fenómenos distorsionan nuestro equilibrio social, cultural y político y también afectan nuestro futuro. Aunque los valores de autoexpresión buscan una mejor posición, lo hacen en paralelo con una intensificación de valores de supervivencia. El resultado no es una transición hacia sociedades más abiertas y estables, sino una combinación inestable de búsqueda de mayor tolerancia cultural, pero con mayor tensión social, con más polarización, menos posibilidades de desarrollo y menos capacidades estructurales para enfrentar retos de competitividad y desarrollo.
Queremos enfrentar retos con una combinación de generaciones que, en lo general, son cada día más adversas al esfuerzo, menos tolerantes al fracaso, con valores sociales diluidos, que han normalizado la violencia y la corrupción, expuestas a una deficiente preparación académica, con deficientes competencias laborales, con menor acceso a la cultura y sin herramientas para navegar en entornos saturados de desinformación. Estamos prefigurando una tormenta perfecta para generaciones que están llamadas a emprender, administrar y gobernar el futuro del país. De no hacer nada ni corregir rumbo a tiempo en todos los órdenes, estamos heredando un alto factor de riesgo económico, democrático y social.
El análisis de estos procesos permite identificar una tendencia central: la evolución de la sociedad avanza a un ritmo distinto al de la evolución de sus estructuras institucionales, de sus capacidades técnicas, culturales, educativas, sociales, políticas, económicas y de gobierno. Esta diferencia en la velocidad de evolución constituye un elemento clave para comprender las tensiones actuales y futuras.
En la siguiente entrega se abordará con mayor profundidad la dimensión generacional de esta transformación y sus implicaciones para la configuración futura de la vida política. Mientras tanto, es indispensable que en la esfera íntima de cada uno de nosotros pensemos y actuemos para impedir que nuestra imaginaria colectiva se deteriore a tal grado, que pronto no seamos capaces de reconocernos para garantizar la máxima que dice que la inteligencia colectiva debe ser más poderosa que la torpeza de uno o de unos cuantos.
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