Por Aline Pérez Robles, consultora y terapeuta. En la vida, todos enfrentamos momentos en los que es necesario soltar: una relación, un trabajo, una etapa que ya cumplió su propósito. Sin embargo, cerrar un ciclo no siempre resulta sencillo. Muchas veces sabemos que algo ya terminó, pero aun así nos cuesta liberarlo. Nos aferramos a […]
Por Aline Pérez Robles, consultora y terapeuta.
En la vida, todos enfrentamos momentos en los que es necesario soltar: una relación, un trabajo, una etapa que ya cumplió su propósito. Sin embargo, cerrar un ciclo no siempre resulta sencillo. Muchas veces sabemos que algo ya terminó, pero aun así nos cuesta liberarlo. Nos aferramos a lo conocido incluso cuando nos lastima, porque tememos al vacío que deja lo que se va.
Parte de esta dificultad surge de las creencias limitantes que heredamos desde la infancia. Desde pequeños absorbemos mensajes como: “aguanta”, “no se abandona lo seguro”, “el amor todo lo puede”. No lo hacemos por elección, sino porque aprendemos de lo que vimos en casa y nuestros padres a su vez, también lo aprendieron de los suyos. Así se crean dinámicas que repetimos sin darnos cuenta, convencidos de que, actuar de esa manera es lo correcto.
El problema es que al sostener lo insostenible, terminamos cargando con emociones y responsabilidades que no nos corresponden. Postergamos lo inevitable, creyendo que con suficiente esfuerzo podremos recuperar lo que ya terminó. Y lo cierto es que cerrar un ciclo no significa fracaso, sino crecimiento. Es reconocer que cada etapa de la vida tiene un inicio, un desarrollo y un fin. Negarnos a ello solo nos desgasta; aceptarlo nos permite avanzar más ligeras y libres.
¿Para qué sirve un cierre de ciclo? Cerrar un ciclo no es olvidar ni borrar la historia, es reconciliarnos con lo vivido. Es agradecer lo que esa etapa nos enseñó, aunque haya dolido, y tomar de ella las lecciones que nos fortalecen. Cuando no cerramos, permanecemos atadas a un pasado que ya no puede darnos más. En cambio, cuando soltamos, abrimos espacio para lo nuevo: nuevas relaciones, nuevas oportunidades, nuevas formas de vivirnos.
Un cierre consciente también nos protege de repetir patrones. Al mirar de frente la historia y resignificarla, dejamos de actuar en automático y empezamos a elegir con mayor libertad.
Una lectura que inspira. Este mes quiero recomendarte un libro que me pareció tan auténtico como profundo: “Kintsugi tu corazón” de Cristina Chóez Ortega. El título es una joya en sí mismo: el kintsugi es una técnica japonesa que repara las fracturas de la cerámica con oro, convirtiendo las cicatrices en la parte más valiosa de la pieza. Así como el kintsugi, el libro nos invita a ver que nuestras propias cicatrices no deben ocultarse, sino integrarse y celebrarse como parte de nuestra belleza y fortaleza.
Lo valioso de esta obra es que no está escrita desde la teoría distante, sino desde la vivencia personal de la autora. Cristina nos abre su corazón y nos muestra con empatía y sensibilidad que el dolor de una ruptura puede sentirse tan desgarrador como la pérdida de un ser querido, pero también puede convertirse en un punto de partida para sanar. Esa honestidad conecta con cualquiera que haya atravesado una separación o un cambio profundo porque en sus palabras, nos reconocemos y encontramos consuelo.
Además, la autora logra entrelazar su experiencia con enseñanzas filosóficas y prácticas. Retoma los principios herméticos, como la ley de causa y efecto, el ritmo o la polaridad y los transforma en herramientas para comprender que todo lo que vivimos tiene un sentido y un aprendizaje. Esto convierte al libro en una guía no solo para sanar un corazón roto, sino también para aprender a vivir los cierres de ciclo con más conciencia y fortaleza.
A través de ejemplos, reflexiones y metáforas poderosas, nos recuerda que las cicatrices no son sinónimo de debilidad, sino de resiliencia. Cada herida reparada con oro —en este caso, con amor, conciencia y tiempo— convierte a nuestra historia en algo único, bello e irrepetible.
Atrevernos a soltar. Cerrar ciclos no es tarea fácil, pero es un acto de amor propio que nos permite mirar hacia adelante sin miedo ni culpas. Si estás atravesando un proceso de cierre, recuerda:
- No se trata de olvidar, sino de aprender.
- No se trata de culpar, sino de comprender.
- No se trata de perder, sino de transformar.
Tal vez hoy sea el momento de hacer tu propio kintsugi: reparar tu corazón con hilos de oro, darle un nuevo significado a tus experiencias y permitirte abrir espacio para lo que está por venir.
“Las cicatrices y los daños no deben eliminarse, sino valorarse y celebrarse.”
Cristina Chóez Ortega, Kintsugi tu corazón
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