Deuda persistente con la movilidad y la dignidad urbana De política Alejandro Álvarez Manilla Caminar, andar en bicicleta o conducir por la Ciudad de México se ha vuelto, en muchas zonas, una prueba de resistencia y paciencia. Y no por la complejidad del tránsito o la densidad poblacional, sino por algo mucho más básico: los […]
Deuda persistente con la movilidad y la dignidad urbana
De política Alejandro Álvarez Manilla
Caminar, andar en bicicleta o conducir por la Ciudad de México se ha vuelto, en muchas zonas, una prueba de resistencia y paciencia. Y no por la complejidad del tránsito o la densidad poblacional, sino por algo mucho más básico: los baches. Esta herida constante en el pavimento, que parece pequeña en escala pero enorme en consecuencias, sigue siendo una de las principales quejas de quienes habitan o transitan por las alcaldías del centro de la capital.
En zonas como Cuauhtémoc, Benito Juárez, Miguel Hidalgo y Venustiano Carranza, el problema no es nuevo, pero sí creciente. Pese a ser consideradas alcaldías con alto flujo vehicular, comercial y turístico, la calidad del pavimento deja mucho que desear. Hay calles donde el bacheo parece eterno: se tapa un hoyo solo para que, semanas después, reaparezca más grande o al lado de uno nuevo. ¿Cuántos años más vamos a normalizar que una ciudad con uno de los presupuestos más altos del país siga tratando sus vialidades como si fueran de segunda?
La situación no es solo incómoda, es peligrosa. Un bache mal señalizado puede causar accidentes graves. Para ciclistas y motociclistas, es una amenaza directa a su integridad. Para los automovilistas, representa daños al vehículo que se traducen en altos costos de reparación. Y para los peatones, que ya lidian con banquetas en mal estado, es parte de un entorno urbano que no prioriza el derecho básico a una movilidad segura.
Lo más preocupante es que muchas de estas calles están en zonas donde se presume modernización, donde se colocan luminarias nuevas, se pintan cruces peatonales o se promueven zonas de desarrollo económico. Pero ¿de qué sirve embellecer si no se atiende lo esencial? Un plan de bacheo reactivo —tapar hoyos cuando ya son cráteres— no es solución. Se necesita un programa de mantenimiento preventivo, con estándares de calidad, auditoría ciudadana y sanciones reales a empresas contratadas que hagan trabajos deficientes.
También hay que hablar de la falta de transparencia. ¿A dónde va el dinero etiquetado para el mantenimiento vial? ¿Quién supervisa las obras? ¿Por qué en algunas alcaldías los trabajos duran y en otras apenas resisten una temporada de lluvias?
En pleno 2025, los ciudadanos ya no pedimos lujos, pedimos lo básico: calles sin baches, banquetas seguras y voluntad política real. Resolver esto no requiere magia ni discursos: requiere planificación, ejecución y, sobre todo, respeto a quienes todos los días recorremos esta ciudad.
Es hora de que la Ciudad de México deje de parchear sus problemas y comience a resolverlos desde el fondo. Porque cada bache que se ignora no solo daña el pavimento: erosiona la confianza en quienes deberían garantizarnos una ciudad más digna, segura y habitable.
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